Opinión

Sacerdotes, escondidos y olvidados

Cardenal Robert Sarah.
photo_camera Cardenal Robert Sarah.

En su último libro “Se hace tarde y anochece”, publicado por Ediciones Palabra, el card. Robert Sarah, refiriéndose a los sacerdotes, diocesanos, seculares y religiosos, les dirige unas palabras de las que vale la pena hacerse eco. 

Y más, en estos momentos en los que tantas palabras se escriben y se hablan sobre los que provocan escándalos entre los fieles. Y no solo, y por desgracia, también hay que oír criticas del otro lado que acusan a otros sacerdotes de obtusos, rígidos y atrasados porque anuncian a Cristo en su integridad de Dios y hombre verdadero, proclaman su doctrina, acogen con corazón paterno y materno a los fieles que acuden a ellos, están siempre “en salida” buscando hombres y mujeres – también lgtbi-, para ayudarles a abandonar el pecado, rehacer su vida, abrir las puertas de la alegría de vivir la Fe y la Moral de Cristo. viviendo los Sacramentos, y en sus homilías y enseñanzas recuerdan la Vida Eterna, con Cielo e Infierno incluidos. 

“Todos vosotros, sacerdotes y religiosos escondidos y olvidados: vosotros a quienes la sociedad a veces desprecia; vosotros, que sois fieles a las promesas de vuestra ordenación; ¡vosotros hacéis temblar los poderes del mundo! Les recordáis que nada se resiste a la fuerza de la entrega de vuestra vida por la verdad. El príncipe de la mentira no soporta vuestra presencia. Vosotros no defendéis una verdad abstracta o un partido. Habéis decidido sufrir por amor a la verdad, a Jesucristo. Sin vosotros, queridos hermanos sacerdotes y consagrados, la humanidad sería menos grandiosa y menos bella. Sois el escudo vivo de la verdad porque habéis aceptado amarla hasta la Cruz” (págs. 83-84).

Estos sacerdotes escondidos y olvidados que son el cauce de la Gracia de Dios para devolver Fe y Esperanza a tantas personas desorientadas que, después de abandonar la compañía de Cristo, descubren el vacío que provoca el ocuparse egoistamente de ellos mismos, de buscar la “felicidad” en el puro y simple placer sexual y sentimental, de cualquier “orientación” que quieran descubrir y poner en práctica, o en el triunfar en cualquier empresa que les encumbre delante de los demás.

Sacerdotes que se saben acompañados de Jesucristo, del Espíritu Santo y de Santa María, que rezan al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, y ellos mantienen los ojos bien abiertos para abrir la mente y el corazón de jóvenes para animarles a decir Sí a una posible llamada del Señor al sacerdocio.

Sacerdotes que viven un precioso consejo de Benedicto XVI, que el card. Sarah recoge después de decirles: “Vuestra vida diaria es una prolongación de la cruz. ¡Sois hombres de cuz! ¡No tengáis miedo!(...) Que no os inquiete el ruido del mundo. Se burlan de vuestro celibato, pero tienen miedo de vosotros. No os separéis de la cruz: es la fuente de toda vida y de todo amor auténtico” (pág. 87)

“Esto es lo que celebramos cuando nos gloriamos en la cruz del Redentor (…), Cuando proclamamos a Cristo crucificado, no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él. No ofrecemos nuestra propia sabiduría al mundo, no proclamamos ninguno de nuestros méritos, sino que actuamos como instrumentos de su sabiduría, de su amor y de sus méritos redentores (…). A la vez que proclamamos la cruz de Cristo, esforcémonos siempre por imitar el amor gratuito de Quien es al miso tiempo sacerdote y víctima, de Aquel en cuyo nombre hablamos y actuamos cuando ejercemos el ministerio que hemos recibido”(Benedicto XVI).

Sacerdotes que, con sus palabras y sus obras, invitan a mirar a Cristo Crucificado, y ayudan a hombres y a mujeres a descubrir en la Cruz el Amor sin medida de Dios por nosotros.

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