Opinión

La perenne actualidad de los Mártires

Sor Maria Laura Mainetti. Diocesis De Como
photo_camera Sor Maria Laura Mainetti. Diocesis De Como

“La segunda dificultad con la que se encontrarán los misioneros de Cristo es la amenaza física en su contra, o sea, la persecución directa contra ellos, incluso hasta el punto de que los maten”.

Con estas palabras, Francisco presentó en el Ángelus del pasado 21 de junio la segunda dificultad que los discípulos del Señor se pueden encontrar en el momento actual. La primera dificultad ya la hemos comentado (poner aquí la referencia al artículo Edulcorando…).

Desde el primer mártir, san Esteban, hasta hoy día, el martirio ha estado muy presente en la historia de la Iglesia y, prácticamente, en casi todos los lugares en los que la Fe en Cristo ha echado hondas raíces. Y como el pecado, el odio a Dios, el rechazo de la Creación y de la Redención, el diablo, se mantendrán vivos siempre; el martirio seguirá estando en la vida de los cristianos hasta el fin de la historia: que tendrá un fin. Los hechos, además hablan con claridad.

Una de las últimas mártires que pronto será canonizada, María Laura Mainetti, monja italiana que recibió 19 puñaladas de tres muchachas que en una sesión satánica, se habían comprometido a matar a una persona religiosa. Y esto en la misma Italia.

El mártir es el testimonio vivo del amor de Dios, de la obra de Dios, de la Redención de Cristo: “nadie ama más que el que da la vida por sus amigos”. Y el mártir en la entrega de su vida glorifica a su “gran amigo” Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo.

En el mártir desahogan su ira, su envidia, su miseria, los poderes que se rebelan contra Dios Creador; contra la ley moral que Dios ha dado al hombre para iluminar su camino en la tierra.

Los mártires de los primeros siglos dieron su vida por no querer adorar al emperador de turno; por no adorar los dioses humanos manejados por el poder político para dominar a los pueblos. Los mártires del siglo XX ofrecieron su cabeza a los fusiles de tropas oficiales de tantos países europeos, entre ellos España en la guerra civil, por negarse a blasfemar, a renegar de la Fe, a pisotear un crucifijo, etc., etc.

En el siglo XXI, y aparte de los cristianos que mueren por su Fe a manos de terroristas de todo tipo, especialmente en los últimos tiempos, fanáticos hinduistas y musulmanes; aumentan cada día los que sufren todo tipo de vejaciones en su vida de cada día, sencillamente por dar testimonio de su Fe.

Los padres que protestan porque no admiten que sus hijos sean manipulados por un propagandista de lgtb, y de otras manifestaciones de la así llamada ideología de género; la mujer que tiene que sufrir no ser aceptada para un trabajo, después de haber estado en buenísima posición para alcanzarlo, sencillamente porque el equipo seleccionador se ha dado cuenta de que estaba embarazada.

El político que defiende la vida del concebido no nacido, que se opone al aborto con decisión; que piensa en el bien común de los ciudadanos y defiende con clara conciencia la libertad para hacer el bien y rechaza claramente el así llamado “derecho” para hacer el mal con toda libertad. Que se opone a cualquier adoctrinamiento moral, espiritual, ideológico de los ciudadanos por parte del Estado.

Y tantos otros, me atrevería a decir, innumerables cristianos corrientes –todos somos muy corrientes en este mundo- que dan testimonio al celebrar los 25, los 50, los 60 años de matrimonio, rodeados de hijos, nietos, biznietos; los profesores que han dado su vida en la enseñanza y han transmitido la Fe y la Moral de Cristo a tantos alumnos, y dan gracias a Dios al verlos caminar en la Verdad.

El mártir de todos los tiempos ha hecho resplandecer delante de nuestros ojos la luz de aquellas palabras de san Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?  Como está escrito:   Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero”.

Los mártires, con su sangre y sus oraciones, todos mueren rezando por la conversión de sus verdugos, no faltarán nunca en la Iglesia.

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