Opinión

Orban, contra los falsos derechos

Viktor Orban.
photo_camera Viktor Orban.

Desde el aparato burocrático de la Unión Europea no dejan de insistir y de presionar –palabra más exacta- a todos los Estados para que acojan en sus legislaciones todos los así llamados “derechos de los Lgtbiq,etc”, entre los que se trata de incluir uno que, me conste, del que no goza ninguna de las miles de organizaciones que funcionan libremente en una nación: el derecho de hacer propaganda de sus actividades y de sus “ideas” en todos los colegios, y a niños y a niñas de todas las edades.

El Parlamento húngaro ha aprobado con la mayoría de 157 contra 1, prohibir actividades de propaganda de la homosexualidad y las demás variantes de la ideología de género, en centros educativos a menores de 18 años.

Ante las críticas y presiones del aparato administrativo y político de le UE, que por lo visto no aceptaba que se trataba de una decisión “democrática de un Parlamento también democrático”, y que pretendía que esa ley fuese retirada inmediatamente, el primer ministro Viktor Orban, reafirmó su decisión de llevarla adelante, porque la ley defendía los “derechos de los padres para decidir cómo educar sexualmente a sus hijos”. 

Este sí que es un verdadero derecho, porque los hijos son de sus padres, y en modo alguno del Estado, y no el falso derecho que la UE quiere regalar a Lgtbiq.

Polonia está dando una batalla semejante a la de Hungría, para asentar una sociedad europea tambaleante, y reconstruirla manteniendo vivos esos “principios no negociables”, que se apoyan ciertamente en la Fe, y que a la vez son la plasmación del buen uso de la Razón y del sentido común, que nunca conviene separar; y que son, en definitiva, reflejos de ese principio básico de la moral natural: “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”.

Estos “principios no negociables” se podrían resumir así: defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural; la cultura de la vida frente a la deletérea cultura de la muerte: aborto, eutanasia, suicidio, etc; descartar ese falso progresismo libertario que acepta el “todo vale”, salvo lo que al Estado de turno no le interese; defensa de la familia natural -hombre y mujer, mujer y hombre, hijos y nietos-, como eje de la sociedad y baluarte educativo.

No sé si llegará un momento en que también Italia se una a esa batalla. Una de las candidatas en las próximas elecciones, Giorgia Meloni, ha dicho entre otras cosas, que en su programa político va incluida la importancia de defender la familia, la patria, la identidad religiosa y la identidad sexual, contra el pensamiento único. Y subrayó que es mujer, es madre, es italiana, es cristiana. Y lo seguirá siendo.

A una pregunta sobre si estaba dispuesta a defender esos valores, y a ser maltratada por el así llamado pensamiento “dominante”, respondió:

“Rotundamente sí, y no debemos tener miedo. Y lo podemos hacer centrándonos, no en el plano confesional, que es subjetivo, sino en la pura lógica, en el sentido común secular de nuestros argumentos. Ciertos izquierdistas y cierta intelligentsia nos etiquetan de monstruos solo para evitar la confrontación: como no saben responder a las cuestiones, nos atribuyen todo tipo de etiquetas. ¿Defiendes la familia natural fundada sobre el matrimonio? Eres retrógrada. ¿Luchas por dar a las mujeres una alternativa al aborto? Eres oscurantista. ¿Te opones a la ideología de género en las escuelas? Eres una impresentable. Si defender la familia, la vida y la libertad educativa significa ser retrógrada, oscurantista e impresentable, entonces estoy orgullosa de serlo”.

Si la Unión Europea rechaza estos “principios no negociables” y pretende establecer, a base de puro poder político, la cultura de la muerte y de la ideología de género, ¿tendrá futuro?

ernesto.julia@gmail.com

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