Opinión

Oraciones por la Iglesia

Misa en el Vaticano.
photo_camera Misa en el Vaticano.

Casi a diario recibimos noticias que nos informan de algunos hechos acaecidos en algún rincón del mundo en el que la Iglesia Una, Santa Católica y Apostólica, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, lleva adelante la misión que tan encarecidamente, le encargó su Fundador: Predicar el Evangelio, perdonar los pecados, bautizar a los que se arrepienten y anhelan ser hijos de Dios en la Iglesia.

Abundan las noticias de persecuciones, de maltratos a los templos, de comentarios soeces sobre las Verdades que predica, etc., etc,; y también del mal vivir de algunos sacerdotes bendiciendo las uniones homosexuales, o abusando ellos mismos de menores, etc.

A la vez, van aumentando las noticias de reacciones muy positivas. Católicos  que quieren no sólo conservar toda la doctrina recibida de Cristo y transmitida por los Apóstoles y por los Papas a través de los siglos, sino también seguir profundizando en la maravillosa riqueza de nuestra Fe, tomando conciencia de ser hijos de Dios en Cristo Jesús, y descubriendo cada día con más profundidad la riqueza de los Sacramentos, la vida de Cristo en nosotros, y la acción del Espíritu Santo en nuestras almas, que nos lleva, de verdad, a amar a los demás como los ama Cristo.

Transcribo el escrito recibido de un grupo de fieles, hombres y mujeres, que no estaban de acuerdo con la votación de las reuniones para el próximo sínodo en su parroquia, que proponía herejías como sacerdocio de la mujer, o afirmaciones de que la Iglesia tiene que ser “democrática” y aprobar mandamientos, verdades, etc., por mayoría de votos.

Este grupo de fieles escribe lo siguiente.

         - Para conocer mejor a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, nos gustaría que nuestros sacerdotes nos animen a leer con más frecuencia el Evangelio, como recuerda de vez en cuando el Papa. Y nos referimos al Nuevo Testamento completo y paso a paso: los Cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de san Pablo, las Cartas de san Juan, de Santiago, de Judas y de san Pedro; y el Apocalipsis. Muchos de nosotros apenas conocemos la historia de Jesús; y queremos conocerle, en la medida a nuestro alcance, para llegar a amarle con todo el corazón y a seguirle hasta encontrarle en la Vida Eterna, en el Cielo.

- Que se nos anime a conocer mejor nuestra Fe. Estudiar el Credo, conocer mejor la historia de la Iglesia. Entre bautizados no es extraño encontrar jóvenes que no saben de qué hablan al nombrar a la Santísima Trinidad.

- Que se celebre la Santa Misa como está indicado, en los ritos aprobados por la Iglesia; y que cada sacerdote no se invente una Misa “a su manera”. En la Misa queremos vivir la presencia real y sacramental de Cristo entre nosotros. En Él somos “pueblo y familia de Dios”; sin Él, somos una muchedumbre sin norte ni guía. 

 – Que se nos recuerde con mucha claridad todos los Mandamientos de la Ley de Dios. Desde el Primero al Décimo. En el entorno cultural que nos rodea, en el que “todo vale”, “yo me construyo a mí mismo”, “discierno y decido yo libremente qué es el bien y el mal”, necesitamos descubrir la riqueza divina y humana de los Mandamientos para que podamos amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como Cristo nos ama.

- Que se nos hable sin complejos de ningún tipo, y sin querer acomodarlos al “espíritu del tiempo”, ni a ninguna ideología, del Cuarto, del Quinto y del Sexto Mandamiento: “Honrar padre y madre”. “No matar”. “No fornicar” El amor a Dios, que se nos recuerda en los Tres Primeros Mandamientos, nos ayudará a vivir y a construir una sociedad más justa, con más paz, con más preocupación de los unos por los otros.

 - Que se nos recuerde la realidad del pecado, para que nuestra conciencia nunca se acostumbre a crímenes como el aborto, ni a situaciones como la ruptura de familias nacidas de un matrimonio sacramental indisoluble. Que tampoco, y sin juzgar a nadie, aceptemos como prácticas normales y “buenas” las relaciones prematrimoniales, los actos homosexuales o cualquier de las prácticas sexuales, promovidas e impulsadas por eso que se denomina “lgtbi”.

- Que se nos hable con más frecuencia de frecuentar los Sacramentos, y especialmente el de la Reconciliación; para que aprendamos a arrepentirnos de nuestros pecados; y así, con un corazón contrito y humillado, acogernos a la Misericordia de Dios. Y de la Eucaristía, conscientes de que recibimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, y que hemos de acercaros a Comulgar libres de todo pecado mortal, arrepentidos de haberlos cometido, y bien conscientes de que estamos recibiendo el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

- Que se vuelvan a emplear en las homilías y, especialmente en las Misas de Difuntos, las palabras que abren la inteligencia a la Vida eterna: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. Sin la perspectiva y esperanza de vivir en Cristo y con Cristo, el hombre pierde el sentido de su vida en la tierra, y sin ser conscientes de que podemos alejarnos de Dios por toda la eternidad, que eso es el infierno, perdemos el sentido del Bien y del Mal. “Todo vale”, también matar a los demás, como se hace en el aborto querido y planificado.

- Que se nos recuerde que hemos de venerar y amar de todo corazón a la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra. El Señor nos la dio como Madre en el Calvario; y Ella nos enseñará a amar a Dios Padre; a recibir con amor a Dios Hijo, y abrirá nuestro corazón para dejar morada a Dios Espíritu Santo.”

No me queda más que unirme a las oraciones de estas familias, pidiendo al Espíritu Santo que la así llamada sinodalidad no dé pie nunca a pensar que en la Iglesia establecemos la Ley y la Moral por mayoría “democrática”, como algunos –véase el sínodo de Alemania- tratan de afirmar en las reuniones sinodales.

ernesto.juliá@gmail.com

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