Opinión

Mundanidad. III

Biblia.
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Para seguir estas reflexiones sobre el peligro que el espíritu de mundanidad pueda penetrar entre todos los fieles de la Iglesia, laicos, religiosos, sacerdotes, obispos, cardenales, y el daño que puede acarrear, además del ansia de poder y de dinero, nos conviene no perder nunca de vista, y tenerla siempre presente, la misión de la Iglesia.

 En pocas palabras la podemos resumir así: “predicar el Evangelio de toda criatura”, y por tanto, transmitir a todo el mundo, a todas las civilizaciones y culturas en las que el Evangelio sea predicado, y anunciar a todas las religiones con las que se encuentre en su caminar por la historia, que Cristo es el Salvador del mundo, el Único salvador, siendo Dios y hombre verdadero; y que al ser “Camino, Verdad y Vida”,  todos los seres humanos a quienes llegue la predicación del Evangelio, hemos de vivir la Fe  y la Moral que la Iglesia ha ido viviendo a lo largo de los dos mil años de su historia sobre la tierra. Misión que, como nos recordó el Vaticano II en la constitución dogmática Dei Verbum, la Iglesia la lleva a cabo aunando Sagrada Escritura, Sagrada Tradición y Magisterio de la Iglesia. Y el mismo documento hace una aclaración que conviene subrayar:

“Pero el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído” (n. 10).

Y una de las verdades de Fe, que la Iglesia ha recordado a lo largo de los siglos, en todos los lugares donde el nombre de Cristo ha sido anunciado, es la realidad del Pecado.

El espíritu de mundanidad entra en la Iglesia cuando se comienza a perder el sentido del Pecado, que lleva siempre consigo un alejamiento del hombre de Dios, a Quien deja de ver como el Creador que anhela nuestro bien, con un amor paterno y materno, y como Padre que nos dice con toda claridad, que los Mandamientos y las Bienaventuranzas nos indican el camino que nos invita a seguir si queremos ser buenos hijos suyos y, por tanto, felices en la tierra y felices en el Cielo.

Lutero introdujo a borbotones ese espíritu, y lo hizo por dos caminos: afirmando la subjetividad de la Fe, al afirmar el principio de la “sola Escritura” interpretada por cada persona; y afirmando después que la misericordia de Cristo perdonaba todo pecado del hombre que, de alguna manera, corrompido como estaba, no podía dejar de pecar; y lo perdonaba sin necesidad de arrepentimiento ni de Sacramento.

Ese espíritu de “mundanidad” ha ido penetrando en la Iglesia, como han señalado los papas muy especialmente desde Pio XII, y se nota de manera muy particular, en la tan extendida aceptación banal en la sociedad occidental actual de tres prácticas directísimamente contrarias a los planes de Dios sobre el hombre: el aborto, el desorden sexual incluido también la práctica homosexual, y el discernimiento de la vida moral basado en una conciencia claramente subjetiva que decide interpretando a su gusto la Ley de Dios.

Una las manifestaciones más claras de los efectos de esta mundanidad está a la vista del pueblo cristiano: el descenso de las confesiones sacramentales, personales, en el Sacramento de la Penitencia; acompañado a veces por la recomendación de que es suficiente pedir perdón a Dios sin necesidad de Sacramento, porque el Señor es “misericordioso” (continuará).

ernesto.julia@gmail.com

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