Opinión

Mundanidad. II

Vaticano.
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Comienzo estas líneas recogiendo íntegro el párrafo final del artículo anterior.

“La misión de la Iglesia es transmitir a Cristo, Dios y hombre verdadero, que es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Ese “vivir en estilo moderno” es una tentación más para que la Iglesia mundanizando la moral, la liturgia, las costumbres, la familia, acabe en ser apenas una ong poco más que humana, en la que desaparece la conciencia de pecado y de la necesidad del arrepentimiento y de pedir perdón y, por supuesto, sin ninguna perspectiva sobrenatural, que ayuden a los fieles a buscar y a amar a Dios Padre. Hijo y Espíritu Santo, Creador, Redentor y Santificador, que anhela unir a sus hijos en Su Iglesia, y después, en la Vida Eterna”. 

Y vuelvo a recordar así la misión de la Iglesia porque me parece oportuno señalar que tanto el ansia de poder como el afán de dinero son simples consecuencias de una mundanidad ya instalada en el corazón de algunos eclesiásticos y seglares, que desean reducir su condición de ser cristianos a ser “cristianos de hoy día”. Esta mundanidad tiene su origen en la separación de tres realidades que siempre han vivido unidas en la Iglesia a lo largo de los siglos, y deben seguir unidas hasta el fin de los tiempos: la Sagrada Escritura, la Sagrada Tradición, el Magisterio de la Iglesia.

En la Constitución Dogmática sobre la divina Revelación, Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, se recogen dos puntos –el 9 y el 10- que señalan con mucha claridad el camino que la Iglesia ha recorrido, y debe recorrer en todas las épocas y momentos de su historia, para hacer posible que el espíritu de la mundanidad no se injerte jamás en su espíritu, y mucho menos, en el espíritu de quienes, por mandato divino que han acogido con completa libertad, han de ayudar al Papa a vivir el encargo que el Señor dio a Pedro: “Simón, Simón mira que Satanás  os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos” (Lc.  22, 31-32).

Este es el camino que la Iglesia ha de seguir para confirmar a todos los cristianos en la Fe, en Cristo; y no haya división entre ellos.

“9. Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad”. 

“10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas”.

¿Acaso no se da esa profunda división, cuando se dice que en tiempos de Cristo no había grabadoras y por lo tanto no podemos saber exactamente lo que nos dijo? ¿Y no sucede lo mismo cuando se invita a los fieles a discernir según su conciencia, que se ha convertido en algo completamente subjetivo –lo que a mí me parece- lo que ha de creer, y la moral que debe seguir y vivir? ¿No se vive acaso esa mundanidad cuando se dice a un hombre y a una mujer que viven maritalmente, después de haber roto sus matrimonios sacramentos, que pueden recibir los Sacramentos si disciernen que es lo que deben hacer? (continuará).

Ernesto Juliá Díaz

ernesto.julia@gmail.com

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