Opinión

El misterio del llorar

Las lágrimas de María Magdalena.
photo_camera Las lágrimas de María Magdalena.

El llanto es quizá una de las emociones más inefables de nuestro vivir cotidiano, difícil de comprender y de entender en todo su sentido; es una de esas realidades en las que el mismo misterio del vivir del hombre y de la mujer sobre la tierra queda reflejado en su propia incógnita.

¿Por qué lloramos? Se llora de alegría y de tristeza; en tiempos de exaltación y en instantes de desaliento; se llora en el gozo del triunfo y en la pena de la derrota.

El llanto no tiene un tiempo preciso para presentarse, ni late a un ritmo establecido con antelación; surge al alba y al anochecer, ante la muerte y en el nacimiento de una nueva vida: Se llora en el temblor del sufrimiento y en la tranquilidad del bienestar. Hay lágrimas de rabia, de impotencia, de plenitud y de miseria; lágrimas para llamar la atención y lágrimas que no tienen fuerza siquiera para clamar misericordia.

Una lágrima furtiva puede asomar en los ojos de un joven y de un anciano, de un sano y de un enfermo, de un hombre y de una mujer, en cualquier situación del vivir. Consciente o inconscientemente, y en no pocas ocasiones, de una manera imprevista e inesperada, el hombre y la mujer se ven asaltados por el llanto, convertido en lágrimas que se obstinan en romper los límites del cuerpo y brotar como un manantial en crecida.

Llora el que se va y llora el que regresa; llora quien abandona el hogar materno y llora quien se queda en casa; llora el orgulloso y el humilde; y son muy parecidas las lágrimas del poderoso y del pordiosero, ante la desgracia de un hijo.

Si el llorar surge tantas veces imprevisto, como a traición, no es de extrañar que sintamos después un cierto pudor de haber llorado, de haber descompuesto nuestra imagen y nuestra figura. Es la vergüenza de descubrirnos necesitados, indigentes, porque el llanto es un canto a la nostalgia; es descubrir que nos falta algo, echar de menos a alguien, es la reacción de todo nuestro ser que protesta ante la perspectiva de quedarse encerrado en el vacío de sí mismo; de alguna manera, el llanto es el lamento del hombre incapaz de tomar para siempre posesión del infinito.

El hombre teme verse envuelto en lágrimas por el miedo a perder el control de sus propias reacciones, a sentirse desbordado por los acontecimientos –vivencias, sentimientos, emociones., y verse así obligado a enfrentarse con fuerzas desconocidas y en apariencia incontrolables. Y a la vez sólo al llorar el hombre consigue saberse desprovisto, y amedrentado, ante los horizontes de bondad y de maldad que el llanto puede desencadenar. En cierto modo, el hombre no llora por miedo, por temblor; tiene miedo y tiembla al verse llorar.

El hombre está más solo en su gran debilidad; la mujer, quizá porque conoce mejor los misterios del nacer y del morir, es más consciente de la fragilidad de todo ser humano, y no se siente humillada al dejarse transportar por el llanto. En el caudal de las lágrimas consigue la victoria de restablecer el equilibrio de su espíritu, que vuelve a vivir el abandono confiado en las manos del Creador, y se encuentra después más confortada y fortalecida, con menos temor de enfrentarse a un nuevo paso en el misterio del vivir. Una mujer que no llora quizá ha perdido su capacidad de vencer, de dominar la naturaleza, de clamar ante Dios.

El llanto es el cauce, y el camino, para experimentar nuestra propia nada, y descubrirla en alegría, no en abatimiento; gozamos de nuestra fragilidad, y llegar a ser compasivos con las miserias propias y ajenas, nosotros que apenas levantamos medio palmo del suelo, y esta medida sirve para todos, también para los así llamados, o considerados por algunos, “gigantes de la humanidad”.

¿Quién puede transmitir las vivencias del llanto? Y, ¿cómo acompañar un espíritu en lágrimas? Yo tengo grabado a fuego, en lo más recóndito de la memoria, la imagen de mi madre en llanto ante al cadáver del único hijo –mi hermano tenía entonces tres años- que ella perdió en vida; y en sus lágrimas se encerraba toda su impotencia de volver a engendrar el hijo muerto. Y yo lloré también, acompañándola en su indigencia.

¿Quién no reacciona ante el llanto de una madre, de un padre, de un hijo, de un amigo, de un conocido? ¿Quién puede acompañar las lágrimas ante un amor no correspondido, el llanto de desesperación de una madre incapaz de hacer bien a un hijo, a una hija, que se obstina en afincarse en el mal?

Hasta el Señor reaccionó de frente al llanto de María Magdalena, y no le resistió: “Mujer, ¡por qué lloras?” Nadie mejor que Él sabía el motivo del llanto de María, y sin embargo la dejó llorar todavía un tiempo, y llorar con ella, hasta llenarla de consuelo.

Si el llorar está premiado con la bienaventuranza de ser consolados, el llorar con los que lloran abre el alma a todas las bienaventuranzas, porque desbroza el camino para acompañar a quien sufre la mayor desgracia en este mundo, la de llorar solo; y da la fortaleza de la solidaridad, del amor, a quien está al borde del último abismo del vivir: la desesperanza.

ernesto.julia@gmail.com

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