Opinión

La Misión de la Iglesia. IV

“Y ahora sólo se está poniendo a la escucha.” Es la cuarta faceta señalada por el p.  Michel para expresar la actitud de una Iglesia que parece querer reducir toda su actividad evangélica a una novedad: escuchar; y así vivir con un nuevo espíritu para llegar a las almas.  

No. Cuando algunos eclesiásticos comenzaron a hablar de la necesidad de que la Iglesia estuviera a la escucha, tuvieran en la cabeza lo que tuvieran, no estaban abriendo ningún horizonte nuevo en la misión evangelizadora de la Iglesia. La Iglesia ha estado siempre a la escucha del clamor del Dios Verdadero, de Cristo Jesús, latente en el corazón de todos los hombres, y prepararlos así para escucharle y seguir sus Palabras.

Es otra la escucha de la que ahora se habla.

 Cuando se oye hablar tanto de la necesidad de que la Iglesia dialogue, escuche, se preocupe de la casa común, comparta camino con todo el mundo, incluidos no creyentes, ateos para que después podamos marchar todos juntos en los caminos hacia Dios, da la impresión de que algunos quieren que la Iglesia esté sólo en escucha de cualquier ruido que se encuentre en su camino, como si la Verdad, Cristo, la tuviéramos que crear nosotros. Y construir así un dios a nuestra imagen y semejanza, a la medida de nuestro entendimiento; y dar vida a una “iglesia” en la que quepamos todos a base de no recordar nunca la realidad del pecado, la realidad de los Mandamientos de la Ley de Dios, la Fe y la Moral, en pocas palabras; insistiendo en que no hay que hablar de la Vida Eterna, de la Muerte, del Juicio del Cielo ni del Infierno.

 Esto es lo que pretenden no pocos llamados “teólogos”, que no llegan a afirmar la realidad divina y humana de Cristo, Dios y hombre verdadero, Dios encarnado, y se quedan en un Jesús muy humano, muy cercano a Dios, muy misericordioso, etc. etc. Estos son los que manipulan las reuniones “sinodales” en tantos lugares del mundo para que todas coincidan, más o menos, entre otras propuestas variadas, en la aceptación de la homosexualidad, en la ordenación sacerdotal de mujeres, en la desaparición del celibato sacerdotal, en la banalización del pecado, en el discernimiento subjetivo para establecer el bien y el mal, etc. etc.

Falsa escucha. El card. Sarah la expresa muy bien, cuando habla a los sacerdotes de la castidad, les pone como ejemplo a san José, y dice: “Él fue castísimo, como debemos serlo también nosotros, aunque el mundo occidental tenga el proyecto satánico de destruir nuestra castidad sacerdotal”.

La Iglesia, hoy como siempre, está realmente a la escucha, a la vez que da testimonio, que manifiesta su presencia, evangelizando, predicando y enseñando. 

La Iglesia tiene que escuchar el clamor de los pecadores que anhelan arrepentirse, y acompañarles en el camino de arrepentimiento y de pedir perdón por sus pecados.

La Iglesia está a la escucha de lo que el Espíritu Santo pueda hacer ver a cualquier cristiano honesto y practicante, y por los cauces ordinarios lo comunique a la autoridad eclesiástica competente. Se habla de que la sinodalidad es un camino para oír la voz del Espíritu Santo, y me pregunto: 

¿Tiene algún sentido que la Iglesia escuche sugerencias contrarias a las verdades afirmadas a lo largo de su historia, contrarias por tanto a la voz del Espíritu Santo,  y refrendadas por la Escritura y la Tradición, como son la “ordenación” de mujeres, la aceptación de las prácticas homosexuales, la salvación que Dios impone a todos, hagamos lo que hagamos, “porque nada es pecado”, que lógicamente, solo pueden ser la voz de loa que quieren inventar una “iglesia” sin raíces en la Iglesia fundada y establecida por Cristo?    

La Iglesia está a la escucha del clamor del corazón humano buscando a un Dios que lo perdone, que lo ame, que le ayude a cargar con la cruz de cada día. Que al perdonarle le enseñe también a perdonar, y le de fuerzas para vivir el perdón, aprendiendo también a pedirlo. Oye el susurro de un alma que quiere amar más a Dios, su Creador, su Padre, que le va a descubrir el sentido de su Vida, y le manifiesta Su disposición de abrirle las puertas de la Vida Eterna.

    La Iglesia está a la escucha del dolor de la Virgen Madre de Dios que desde sus Santuarios y de sus pequeñas ermitas dispersas por todos los rincones del mundo, nos está invitando a todos, a descubrir la Verdad de su Hijo Jesucristo, a vivir de la Fe y de la Moral que Él nos enseñó, y aplastar así con Ella la insidiosa cabeza del diablo.

                    Ernesto Juliá Díaz

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