Opinión

Misión de la Iglesia III

Cristo crucificado - Velázquez. Museo del Prado.
photo_camera Cristo crucificado - Velázquez. Museo del Prado.

“Antes, la Iglesia evangelizabapredicaba, enseñaba. Más tarde prefirió limitarse a dar testimonio. Luego se contentó con manifestar una presencia. Y ahora sólo se está poniendo a la escucha.”

“Más tarde prefirió limitarse a dar testimonio. Luego se contentó con manifestar una presencia”. Unimos estas dos formas de presentarse la Iglesia que el p. Michell subraya por separado.

Dar testimonio”. Los cristianos han dado siempre testimonio de su Fe, de su Esperanza, y de su Caridad, levantando iglesias para acoger a Cristo Eucaristía, y tener así un lugar donde adorarlo, acompañarlo, vivir en oración con Él. Iglesias y Sagrarios ante los que se han caído todos los ídolos del lugar.

Han dado testimonio de su Esperanza, acompañando a los demás en el caminar terreno, no dejándoles solos en sus necesidades, ayudándoles a subir los empinados caminos del vivir, sosteniéndoles en su Fe en Cristo y animándoles a pedirle perdón, a arrepentirse de sus pecados y acudir al sacramento de la Reconciliación. Y al enterrar y rezar por sus familiares y amigos fallecidos, han dado un testimonio de la esperanza en la Resurrección y de la Vida Eterna. 

Han ofrecido al mundo un testimonio de Caridad, y a la vez, han manifestado la presencia de la Iglesia en cualquier rincón del universo, levantando hospitales, enfermerías, lugares de acogida para enfermos, necesitados, abandonados, etc., etc. Y transmitieron con sus sacrificios y sus cuidados un reflejo del Amor de Dios, del Hijo de Dios clavado en la Cruz.

Y al dar testimonio abrieron los ojos de tantos seres humanos, hombres y mujeres, a la Luz del Salvador del mundo, que se convirtieron y pidieron ser bautizados.

Al dar testimonio, y al manifestar el amor de Cristo, no se pusieron a dialogar para “encontrar la verdad”. No. Vieron la Verdad, y se convirtieron como tantos enfermos recogidos de las calles por las manos de las hijas de Teresa de Calcuta, de san Juan de Dios, de las Hermanas de la Caridad; de las familias que adoptaron hijos e hijas, y les prepararon para recibir el mejor regalo que le podían hacer: conocer y vivir la Fe en Cristo Jesús.

Dar testimonio” y “manifestar una presencia”, lo ha hecho siempre la Iglesia a lo largo de su historia, sin dejar, de otro lado, de predicar y de enseñar, reafirmando la divinidad de Cristo desde el principio de todo diálogo con las culturas y civilizaciones que se ha encontrado. San Pablo nos dio un claro ejemplo en sus diálogos en Atenas:

“Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, porque al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que está escritos: “al Dios desconocido”. Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer. El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra”.  Unos le siguieron, otros no. Y los que le siguieron convirtieron lo que más tarde sería Europa, el mundo.

La frase de Penn Jillette que recogemos de nuevo aquí - “Si usted cree que hay un cielo y un infierno, y que uno podría ir al infierno o no conseguir la vida eterna, o lo que sea, y usted piensa que no vale la pena decírselo, porque sería incómodo… ¿Cuánto hay que odiar a alguien para no predicar? ¿Cuánto hay que odiar a alguien para creer que es posible que haya vida eterna, y no decírselo?”-  es una auténtica invitación para que la Iglesia hable al mundo, sin ningún complejo, de que Cristo es Dios, de la realidad del pecado, del mal que nos hacemos los hombres, los unos a los otros, ofendiendo gravemente a Dios al rechazar sus Mandamientos, y de la Vida Eterna, Cielo e Infierno. (continuará).

        Ernesto Juliá Díaz        

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