Opinión

Un milagro lleno de luz

El milagro, un hecho real, patente, que supera las leyes de la naturaleza, y que, en consecuencia, su realidad no es explicable con las limitadas fuerzas y conocimientos que tenemos los humanos. Actuar más allá de las leyes de la naturaleza está lejos del alcance del hombre; y no sólo más o menos lejos, sino absolutamente -y nunca mejor oportunidad para señalar la realidad de algo absoluto.

Esa es la grandeza de los milagros. Los no creyentes, como no desean reconocer lo “inexplicable” de esa realidad que está delante de sus ojos, se limitan a mirar hacia otro lado, a no prestarle atención, sin dar la mínima razón de por qué esa “realidad” está ahí. Allá ellos.

¿Por qué hablar ahora de milagros? Sencillamente, porque ya se ha anunciado en el Vaticano la fecha de beatificación del Papa Pablo VI: el próximo 19 de octubre, y el milagro que ha hecho posible este anuncio es digno de consideración. Pablo VI sufrió mucho por los ataques, alguno virulentos, que se alzaron contra él, con el Papado, dentro y fuera de la Iglesia, también en el ámbito de los creyentes, cuando se decidió a publicar la Encíclica “Humanae Vitae” en contra de una cierta “opinión pública”, sostenida incluso por el acuerdo de algunos obispos y cardenales. 

El milagro que le levará a los altares bien puede ser visto como una respuesta clara y definitiva de Dios: Pablo VI tenía razón; la Iglesia tenía razón al reafirmar que “cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la vida”, lógicamente dentro de las leyes de la naturaleza, y que esta doctrina “está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador”. Tenía razón, y sigue teniendo razón en la perspectiva de dignificar la sexualidad humana, llamada por Dios a cooperar con Él en dar “Vida”. 

La cuestión, zanjada entonces en la doctrina, sigue, por desgracia, abierta en el plano del comportamiento de tantos hombres y mujeres unidos en matrimonio. La asombrosa realidad que la Santa Sede ha reconocido como “hecho milagroso”, me hace pensar que Dios ha venido a corroborar esa apertura a la vida, y la defensa de esa vida en el seno materno que Él lleva a cabo; no obstante la obstinación diabólica del hombre de seguir practicando el aborto.

Un feto, en el quinto mes de embarazo -un ser humano, en el quinto mes de su vida, podemos decir- padece la ruptura de la bolsa en la que hasta ese momento se desarrolla su vida en el seno materno. La ruptura supone que se queda sin líquido amniótico, o sea se queda sin ambiente en el que vivir, sin ayuda para desarrollar los pulmones, y hasta sin una cierta alimentación. Y Ante la decisión de la madre de no abortar –como le fue recomendado-; ante la imposibilidad de reparar el daño sufrido, la perspectiva que se presenta es la de que el niño morirá pronto en el vientre materno; y si sobrevive crecería con múltiples malformaciones.

La madre cree en Dios, se apoya en la oración de una monja del hospital, y acude a Pablo VI para que le regale una criatura sana. Y Dios se la regaló. El niño nació bien, a los ocho meses en un parto por cesárea, “La vida humana es sagrada, decía Juan XXIII, desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios”. Y Dios, esta vez, ha querido dejar constancia de su amor a las criaturas, de su corazón amorosamente creador. 

Con este milagro, entre muchas otras cosas, Dios nos recuerda que no deja de participar en las historia de los hombres, en los quehaceres diarios de la humanidad. Nos recuerda que la vida de una criatura perdida en un hospital de Estados Unidos la tiene cerca del corazón, y que une su gozo, 
su alegría, a la sonrisa de una madre que después de defender la vida de su hijo, lo ve nacer al aire libre, y respirar pausadamente en sus brazos.


Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com

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