Opinión

Una Luz al final del camino

Espectáculo de luz en el Santuario de Fátima.
photo_camera Espectáculo de luz en el Santuario de Fátima.

Es la Luz que algunos cristianos poco creyentes, y no practicantes, añoran y descubren de nuevo al final de su vida. Otros, por desgracia, la rechazan, y se quedan solos y a oscuras.

La compañía con Cristo que vive el creyente, aunque en algún momento pueda presentarse en medio de tinieblas y oscuridades, se nubla o desaparece en las personas que han dejado de relacionarse con Dios, con el mismo Dios que les ha creado y que de una forma u otra les espera en la muerte.

Al estar bautizado una luz queda indeleble en el alma de esa persona. Una luz, un palpitar que no le avasalla, que no le quita en ningún momento la libertad. Y que viene a ser como un recuerdo de las palabras de una madre que le ha enseñado a rezar, que él puede escuchar o rechazar y hacer oídos sordos al susurrar de ese clamor. No deja de ser nunca hijo de su madre; no deja tampoco de ser hijo de Dios.

Esta oración de un soldado ruso, que no descarto que hubiera sido bautizado habiendo nacido seguramente en el seno de una familia ortodoxa, es en mi opinión un testimonio muy vivo de lo que acabamos de señalar. A muy pocos minutos del asalto que acabó con su vida dejó escrito:

“¡Escucha, oh Dios! En mi vida no he hablado ni una sola vez contigo,

Pero hoy me vienen ganas de hacer fiesta.

Desde pequeño me han dicho siempre que Tú no existes…

Y yo, como un idiota, lo he creído (…)

En este instante he comprendido que terrible es el engaño.

No sé, oh Dios, si me darás tu mano,

Pero te digo que Tú me entiendes.

¿No es algo raro que en medio de un espantoso infierno

se me haya aparecido la luz y te haya descubierto?

No tengo nada más que decirte,

Me siento feliz, pues te he conocido.

Pero, ¿qué me pasa? ¿Lloro?

Me tengo que ir.

¡Qué bien se estaba contigo!

“Y si bien hasta ahora no he sido tu amigo, cuando vaya,

¿me dejarás entrar? (…)

Sólo ahora he comenzado a ver con claridad.

Qué raro, ahora la muerte no me da miedo”.

En el alma de este soldado, y en los momentos que fueron los últimos de su vida en la tierra, un cañonazo que hace saltar una trinchera cercana, despierta en su alma el aroma de Dios oculto en su corazón desde el bautismo.

Algo semejante, sin necesidad de ningún especial sobresalto emocional, ha sucedido a muchas personas que vivían su increencia sin aceptar del todo su condición, y que, en algún que otro momento de sus años, han elevado un recuerdo, quizá ni siquiera una oración, a una imagen de Cristo o de la Virgen, y que han despertado a Cristo en su corazón, acercándose a morir. 

“Hace tanto tiempo” con un profundo sentido de melancolía, de haber perdido el tiempo, un bautizado, profesor de universidad, se enfrentó con su anunciada muerte.  Llevaba muchos años sin elevar su corazón a Dios, sin pararse en una iglesia; sin siquiera pensar en el más allá de la muerte. Trató de convencerse de que todo se acababa con la muerte. La nostalgia del Ave María aprendida de los labios de su madre, despertó en su espíritu la nostalgia de Dios, la persona y el amor de Cristo, y el futuro de la Resurrección. Murió llorando.

El bautizado que abandona su fe se puede construir mundos propios, ideales propios, etc., etc., pero nunca se hará con el profundo sentido de su propia vida personal. Acabará siendo un individuo, pero no tendrá la vivencia de ser persona, enraizado con su creador, con sus propios padres. En el fondo, con una corriente real de vida.

Quizá intentará terminar su recorrido por este mundo haciendo esfuerzos para refugiarse viéndose como fruto de una evolución sin objetivo alguno, y podría pensar que no le preocupa en absoluto la muerte: no sería extraño: a los que ya están muertos, a los que han dejado de pensar, la muerte no tiene ya nada que decirles, salvo que es el fin definitivo de su existencia, que en la tierra se acaba todo, y nublar así su horizonte para siempre: sería su propio infierno.

Esta es la situación en la que se encuentran no pocos bautizados que han abandonado la fe y que han querido arrancar a Dios, a Cristo, definitivamente de sus propias vidas y tienen todavía que morir. El Señor no les abandona, y sale a su encuentro como el buen samaritano. El asaltado por los bandidos ha podido rechazar la presencia del buen samaritano; pero al final se dejó ayudar.

Así ha pasado en más de una ocasión en estos de tiempos de pandemia. Un hombre de 85 años alejado del Señor desde su boda –más de 55 años- vio pasar a una sacerdote en uno de esos hospitales de campaña. No hablaba desde hacía varias semanas. Hizo un geste con los ojos a la enfermera que lo atendía. Buena cristiana, la mujer llamó enseguida al sacerdote, y le explicó lo que había sucedido. El cura se hizo con la situación, y le preguntó al hombre si quería pedir perdón al Señor por sus pecados. Los ojos del enfermo respondieron afirmativamente. Llevaba semanas sin pronunciar palabra.

Después de recibir la Unción de los Enfermos, el sacerdote comenzó a rezar una Avemaría en acción de gracias. El hombre abrió la boca, ante la sorpresa de la enfermera, y recitó también el Avemaría. Media hora después, cerró los ojos, y murió.

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