Opinión

Liberarnos de complejos (III)

Imagen aérea del Vaticano.
photo_camera Imagen aérea del Vaticano.

En el artículo anterior (---) recogimos unas palabras del entonces cardenal Ratzinger, que terminaban así:

“Aunque la Iglesia fuera desplazada cada vez más de la vida pública, seguirá existiendo su misión de recordarle a Dios a toda la sociedad”.

Y prosigue Ratzinger: 

“Una sociedad que excluye a Dios de una manera consciente y lo relega por “completo a lo privado se autodestruye. Por eso, los cristianos sólo tienen la obligación frente al mundo de dar fe de Dios y, así, mantener presentes los valores y verdades, sin los cuales a la larga no puede existir convivencia humana soportable”.

O sea, esa es la misión de la Iglesia: recordarle a la sociedad la Verdad de Dios, en Cristo Jesús; ayudar a los hombres a mirar a su Creador, a su Redentor, a Cristo, Dios y hombre verdadero, que se murió para redimirnos de nuestros pecados:  “Él es la piedra que, rechazada por vosotros los constructores, ha llegado a ser piedra angular. Y en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados”. (Act. 4, 10-12).

El Concilio Vaticano II lo reafirmó con claridad:

 “No se mueve la Iglesia por ninguna ambición terrena, sólo pretende una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra del mismo Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido” (Gaudium et spes, n. 3).

“Para cumplir esta tarea, corresponde a la Iglesia el deber permanente de escrutar afondo el signo de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de manera acomodada a cada generación, pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas” (n. 4).

La Iglesia no ha recibido del Señor ninguna potestad para resolver los problemas de la sociedad, para coronar reyes o dar su aprobación a presidentes de repúblicas, o para fijar los límites entre las naciones, o imponer un tratado a paz, aquí o allá; ni para organizar mejor el cambio de clima, o el buen andar de la economía; ni para “sinodalmente” inventarse una iglesia al gusto del consumidor, etc., etc. aunque en algunos momentos de la historia a algunas personas con autoridad en la Iglesia les haya parecido, o les pareciese, que eso era lo más importante de su tarea.

Al enviar a los apóstoles a todo el mundo, Jesús les dijo con toda claridad: “Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 18-20)

Así nació la Iglesia, y sigue muy consciente de esa misión recibida de su Fundador. A lo largo de los dos mil años de existencia ha sido muy fiel a su misión, aunque haya habido errores, debilidades, pecados, etc. Y con la Iglesia, y en ella, todos los santos. San Francisco de Así fue a Arabia con el anhelo de convertir al Sultán, que estuvo cercano a la conversión. No fue a decirle que su religión tenía el mismo valor, y ni se le pasó por la cabeza decirle que siguiera con sus creencias y se olvidara de la Revelación de Cristo, Dios y hombre verdadero, y único Salvador del mundo.

Algunos que otros eclesiásticos y lacios han caído en el tercer “complejo” ante el mundo del que nos hemos de liberar. Han considerado, y parece que siguen considerando, que el Concilio Vaticano II –leyendo como les ha dado la gana lo que acabamos de escribir- quería que la Iglesia “mirase al futuro con espíritu moderno y se abriese a la cultura moderna”, y que ese “abrirse” llevase consigo “ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes”. Y sólo “diálogo”; lo que llevaba implícito no hablar de Jesucristo, el único Salvador del mundo, y mucho menos invitar a todos los no cristianos a convertirse a Cristo y unirse a la Iglesia fundada por Cristo; porque lo contrario dejaría bien patente que no son iguales todas las religiones, y mucho menos queridas por Dios.

Esos eclesiásticos parecían tener en la mente no la Iglesia instituida por Cristo, con el encargo bien claro de “ir a todo el mundo a predicar el Evangelio, y bautizar…”; sino otra iglesia que no sabe a dónde va, con tal de estar en buena relación con todo el mundo, y que, para eso, procure adaptarse y estar “en salida” hacia un “espíritu del siglo” –sea el que sea, si alguien sabe lo que es-, que, entre otros caminos pretende llevar al hombre a olvidarse de Dios,  de Cristo, y cerrarse en la miseria de sí mismo.

Por desgracia, ese “complejo” de no anunciar claramente la Verdad de Cristo, del único Dios Salvador del hombre, y con él, del mundo; y buscar en un deletéreo, y por tanto, falso “ecumenismo”, se ha extendido entre los creyentes. El “sínodo” en Alemania es un claro ejemplo. ¿A dónde lleva este “complejo”?  A abrir el camino de una falsa unidad acogiendo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, a las diversas opiniones cismáticas, heréticas, etc., por aquello de que hay que estar “en salida” hacia todo, que cualquier “verdad” vale.

La Iglesia ha sido fundada para mantener siempre viva la Verdad, las enseñanzas de Cristo y transmitir a los hombres de todas las culturas y civilizaciones la vida de Cristo en los Sacramentos. La Iglesia no va imponer a Cristo a ningún estado; va a hacer posible que la Verdad, que Cristo –“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”- no desaparezca de la perspectiva de los hombres y de las mujeres que pueblan la faz de la tierra.

Y así, reafirmar la unidad en la que la Iglesia ha vivido siempre: Un solo Pastor, una sola Fe, un solo Bautismo. (seguirá). 

Ernesto Juliá Díaz        

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