Opinión

LGTBI: ¿“puentes” o “muros”?

Plaza del Vaticano.
photo_camera Plaza del Vaticano.

La Iglesia, siguiendo la misión encargada por su Fundador, Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, anhela iluminar con la Luz de la Vida y de la Doctrina de Cristo todas las culturas y los mundos que se encuentra, generación tras generación. Hoy, especialmente en la antigua Europa y América, se enfrenta -me parece que esta es la palabra- con una cultura, un mundo, que pretende construirse sin la más mínima referencia a Dios, y sin pensar en absoluto en la realidad de Cristo: la LGTBI.

Para llevar adelante este deseo de evangelizar, en la Iglesia se habla de lanzar “puentes” y de derribar “muros” para enfrentarse con los retos de esa “cultura” predominante, y ayudarles a dejarse iluminar por la Luz de Cristo, única verdadera luz que puede orientar la mirada, la inteligencia y los corazones de todos los seres humanos.

A lo largo de toda su historia, la Iglesia ha construido puentes en una dirección.  Para que los que no creían, creyeran; para que los que no habían oído el anuncio de Cristo, lo oyeran; para que los pecadores que se habían apartado de las enseñanzas de Cristo, se arrepintieran de sus pecados y descubrieran y gozaran de nuevo el amor y la misericordia de Dios.

Y ha levantado “muros” para que la corrupción originada por el pecado del hombre, la cizaña, no oscureciese la Luz de Cristo; no desuniera lo que Dios ha unido desde la creación. De manera muy particular, y dejándolo todo muy claro, ha levantado “muros” para que no se dividiera al hombre y a la mujer, separando el cuerpo y el espíritu, las dos realidades unidas en un “yo” maravilloso -imagen y semejanza de Dios-, que hacen de la criatura humana un ser con naturaleza humana y llamado a desarrollarse en una dimensión sobrenatural, no sólo humanamente espiritual sino también divinamente sobrenatural con la Gracia recibida en el bautismo.

Lo que no ha hecho nunca la Iglesia es lanzar “puentes” para dar un lugar al diablo dentro de la Iglesia. Todos los que hasta hoy lo han pretendido han acabado fuera  de la Iglesia, como herejes o cismáticos. La Iglesia ha seguido los buenos consejos de san Pablo y de los Apóstoles: no tener comunión con quienes niegan la divinidad de Cristo; con quienes desvirtúan las enseñanzas de Cristo, con quienes devalúan y banalizan los Mandamientos de Cristo.

El dicho popular refleja bien esa disposición de la Iglesia, y la aplaude: “no se puede encender una vela a san Miguel y otra al diablo”.

Y esto es, por desgracia, lo que algunos pretenden ahora tratando de lanzar “puentes” para dialogar con la organización LGTBI que, en definitiva, considera – y pretende imponerlo- que toda la actividad sexual que se opone a los mandamientos de la Iglesia, son auténticos “derechos humanos”; que cada uno, cada una, decida cómo actuar en ese campo, sin mayor límite que él, ella, se impongan a sí mismos.

Estamos ante un intento, una puesta en práctica, de no hacer caso a lo que Dios ha creado pensando en el bien y en la felicidad de sus criaturas, que abre al hombre al amor y servicio de las demás criaturas; y de hacer lo que a cada uno se le ocurra  buscando un puro placer sexual que se agosta en sí mismo. En vez del la sexualidad al servicio del ser humano -”creced y multiplicaos-”, transmisora de un verdadero amor conyugal en el matrimonio, pretenden que el ser humano se realice a sí mismo al servicio del puro sexo, que se queda sencillamente en dar rienda suelta a un instinto ya convertido en puro aliento animal -es de subrayar el aumento de las violaciones-, que encierra al hombre en su propio límite corporal y lo ahoga. El sexo se convierte, así, en simple droga.           

¿”Puentes” con la LGTBI, etc.? Imposible, aunque lo pretenda algún que otro sacerdote o algún que otro ex que ha abandonado – a Dios gracias- el ministerio después de escandalizar a no pocos fieles por la publicidad de los rumores acerca de su vida de sodomita.       

La Iglesia, Cristo mismo, acoge a toda persona  que se acerca a Él, como acogió a Judas al llamarle “amigo” en el momento definitivo de la traición. Judas rechazó la acogida y siguió adelante con su maldad, con su pecado, hasta ahogarse en él.

La Iglesia tiene abiertas las puertas -no hay “muros”- para todos los que se arrepienten de sus pecados; también para los hombres y mujeres que después de “invertir el uso natural por el que es contra naturaleza; y de inflamarse de deseos de unos por otros” (cfr. Rm 1, 26-27), vuelven  a vivir el orden humano-sobrenatural de la sexualidad, y recomponen su vida.

Por desgracia, para los que pretenden que la Iglesia se pliegue a la “revolución sexual” y bendiga, por ejemplo “la unión entre homosexuales”, no queda más que levantar “muros”, en la esperanza de que reflexionan un día, cambien de rumbo su vida y sus ojos se abran a la Luz de Cristo, como ha ocurrido ya en la vida de muchos hombres y de muchas mujeres.

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