Opinión

Judas, ¿sigue presente?

Revolución francesa.
photo_camera Revolución francesa.

Son bien conocidas, también porque se encargan de hacer mucha publicidad, las diferentes corrientes que dentro de la Iglesia quieren acomodar la realidad de Cristo, las palabras de Cristo, las enseñanzas de Cristo, el sufrimiento de Cristo al redimirnos del pecado, la misericordia de Cristo perdonándonos cuando nos arrepentimos, el Amor de Cristo que nos habla de tomar la Cruz si queremos vivir
con Él la Resurrección; al “espíritu del siglo”.

Y son también muy conocidas las “exigencias” de esas corrientes para que los cristianos conformemos nuestra cabeza y nuestras acciones, basándonos siempre en “nuestro propio discernimiento”, el banal espíritu del siglo que pretende quitar de su mente la noción de pecado, la noción de ofensa a Dios, la noción del mal que el hombre se hace rechazando a Dios; y que pretende llenar el vacío existencial del
hombre que abandona su relación vital con Cristo, con cuatro gestos adornados con un cierto aire “religioso”.

Al pararme a considerar estas dos realidades, he recordado que el card. Sarah habla de Judas, de la presencia de Judas en este “anochecer” de la situación de la Iglesia hoy. Aunque lo cierto es que la figura de Judas ha estado siempre presente en la Iglesia, y seguirá hasta el final de los tiempos.
Y con todo esto me ha venido a la cabeza la triste y lamentable historia del arzobispo de París los primeros años de la revolución francesa: Jean Baptiste Joseph Gobel.

Gobel nació en  Thann, en el Haut-Rhin (Alsacia), y estudió teología en el Colegio Alemán en Roma. Fue, sucesivamente, obispo  in paribus de Lydda, y finalmente obispo auxiliar de la sección de la diócesis de  Basilea  en territorio francés. Su carrera política comenzó cuando fue elegido representante del clero ante los  Estados Generales de 1789.

Aunque moderado, durante la revolución se posicionó con el clero reformista. El punto de inflexión de su carrera fue su jura de la  Constitución civil del clero el 3 de enero de 1791, a favor de la cual se había manifestado desde el 5 de mayo de 1790. Esta constitución permitía el nombramiento de obispos y párrocos a las asambleas electorales y no a la Santa Sede y a los obispados. La popularidad de Gobel tras la jura de la Constitución fue tal que fue elegido  obispo constitucional de varias diócesis. Entre ellas, se decidió por el  arzobispado de París, y pese a las dificultades con que se encontró para acceder al cargo una vez elegido, fue finalmente consagrado el 27 de marzo de 1791 por ocho obispos, entre los que se encontraba Talleyrand.

El 8 de noviembre de 1792, Gobel fue nombrado administrador de París. Sus públicas demostraciones de anti-clericalismo probablemente fueran una táctica cuidadosamente seleccionada para ganarse las simpatías de los políticos; entre otras cosas, se declaró opuesto al celibato del clero. No obstante, no pudo evitar ser víctima del Reinado del Terror: el 17 de brumario del año II de la revolución (7 de noviembre de 1793), tuvo que presentarse ante el tribunal de la  Convención Nacional para declarar sobre sus actividades. En una famosa escena, renunció a sus funciones episcopales, proclamando que lo hacía por amor al pueblo y respeto a sus deseos.

Poco después se alió con los seguidores del periodista Hébert, que buscaban la descristianización de Francia. Hébert se enfrentó políticamente a Robespierre, y perdió.

Robespierre organizó cuidadosamente el proceso acusando a Hébert de alta traición a la revolución – no hemos avanzado mucho en este tipo de “procesos” y en la manipulación de la justicia- y el 12 de abril de 1794, junto a Hébert y algunos colaboradores suyos, el propio Gobel fue guillotinado.
En aquel entonces, el “espíritu del siglo” no tenía mucha piedad; y sigue sin tenerla más de 200 años después. El diablo suele pagar así a sus servidores; y no parece que cambie a lo largo de los siglos.

La Iglesia revivió en orden en Francia, y misioneros franceses, célibes, llevaron la palabra de Cristo, la vida de Cristo, a muchos rincones de la tierra.

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