Opinión

Inmaculada: La Sin Pecado

Inmaculada Concepción, de Murillo
photo_camera Inmaculada Concepción, de Murillo

Concebida sin pecado original y está ya viviendo eternamente en cuerpo glorioso en el Cielo, la Virgen María nos abre los misterios de la relación de Dios con nosotros y de nosotros con Dios.

Inmaculado su cuerpo, inmaculada su alma. La Sin Pecado, que acompaña a todo ser humano que a Ella se acerca para que descubra a  Dios, su Creador y Padre.

La luz de la Inmaculada rasga las tinieblas más duras que puedan entenebrecer el corazón humano, y penetra e ilumina los rincones más recónditos y escondidos hasta la propia mirada escudriñadora del propio “yo”. Y le lleva a descubrir: la belleza de la Pureza y de la Humildad.

Hablamos hoy poco, muy poco, de pecado y de vida eterna. Y dos pecados que muy extrañamente se mencionan son: el que nos invita a ser soberbios, a creer que  nos construimos a nosotros mismos haciéndonos nuestros propios “diocesillos”, por aquello del “discernimiento” horizontal del que tanto se habla;  y el que, valiéndonos del mismo “discernimiento”, nos invita a despreciar la castidad, a no hablar del pecado al vivir mal la sexualidad abusando de la naturaleza o yendo en contra de la misma naturaleza, a abandonar, en definitiva, el Sexto Mandamiento de la Ley de Dios.

Estos dos pecados, la soberbia y la lujuria,  son la manifestación más clara del intento del hombre de quitar a Dios de su camino; de desarrollarse y de crecer lejos de la mirada, del Amor de Dios, de inventarse a “sí mismo”, sin saber qué tiene que inventar.

La Sin Pecado, con su Pureza y su Humildad, nos abre los ojos ante esa realidad y nos enseña a mirar al Cielo y a pisotear la cabeza de la serpiente, del diablo, que esconde su aroma en la soberbia y en la perversión sexual.

Las manos abiertas de la Virgen Santísima, acompañan su mirada elevada hacia  el Cielo, y esperan, en humildad, abrir su cuerpo y su espíritu al amor de Dios Padre que la prepara para ser morada de su Hijo, y la llena ya de Espíritu Santo.

Contemplar una Inmaculada de Murillo abre los ojos del cuerpo y del alma a la Belleza del amor de Dios, de la Creación, a la belleza del amor del hombre y mujer en el matrimonio, al amor de Dios en las vírgenes y en los célibes por amor a Dios; y a la humildad de dar gracias a Dios.

Murillo ha osado y ha osado en firme al pintar sus Inmaculadas. Ha abierto los brazos a la Inmaculada y con los pinceles ha convertido, a la adolescente de 13 años que recomendó pintar Pacheco, en la mujer que da a luz al Hijo de Dios, a la Mujer que ha abierto el Cielo.   A la Mujer que, en agradecimiento a Dios Padre al verse libre de pecado, y dispuesta ya a recibir en sus entrañas al Hijo de Dios en su hacerse hombre, aplasta la cabeza del demonio, acompaña a su Hijo en el camino de la Cruz, vive con Él el Gozo de la Resurrección, y a través de sus manos abiertas hace descender del Cielo el Aroma Divino de “Dios con nosotros”.

Murillo plasma a la Virgen María dulcemente asombrada de saberse elegida por Dios - “en la humildad de su esclava”- para concebir, por obra y gracia del Espíritu Santo, al Creador del Universo, y nos invita a cantar con Ella el canto de alabanza. 

En Ella el abismo insondable que separa a Dios de su criatura se hace camino transitable. Y consciente de estar preparada para transmitir a la tierra a Aquel, que es “Camino, Verdad y Vida”, eleva los ojos al cielo y abre las manos en ademán de acoger toda la Luz del Amor de Dios, y sembrarla en el corazón de todos los hombres.

Contemplar una Inmaculada de Murillo hace realidad ese deseo de que la belleza lleve al hombre a Dios, y le anime, y le de fuerzas, gracia, para amar la humildad y la castidad 

“Y todo un Dios se recrea en tal graciosa belleza, en ti celestial princesa, Virgen Sagrada María”.  

Murillo, por gracia de Dios, recreó sus ojos, recreó sus pinceles, y trasmitió a los ojos que contemplan y contemplarán sus Inmaculadas a lo largo de los siglos, el gozo pleno de la Virgen María, Inmaculada, Asunta al Cielo, en adelanto de la resurrección final; que como buena Madre quiere abrir a cada hijo suyo, en su Hijo Jesucristo, las puertas del Cielo y participar en el encuentro definitivo –reunión de familia-con Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo, invitándoles a ser humildes, a ser castos.

Ernesto Juliá Díaz

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