Opinión

Humanae Vitae. Una encíclica escrita con Fe

Pablo VI.
photo_camera Pablo VI.

Después de hacer referencia a las cambiantes condiciones de la sociedad –estamos en el año 1968, pocos meses después de la explosión sexual del mayo francés, Pablo VI se da cuenta de la necesidad de que la Iglesia alce la voz y transmitir al mundo entero, y en especial a todos los católicos, la ley de Dios, Creador y Padre.

¿Con qué disposición se enfrentó el Papa a esta necesidad? Lo escribe él mismo en el n. 4 de la encíclica, que recogemos íntegro:

“Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina.

Ningún fiel querrá negar que corresponde al Magisterio de la Iglesia el interpretar también la ley moral natural. Es, en efecto, incontrovertible –como tantas veces han declarado nuestros predecesores- que Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos (cfr. Mt 28, 18-19), los constituía en custodios y en interpretes auténticos de toda ley moral, es decir, no sólo de la ley evangélica, sino también de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse (cfr. Mt 7, 21).

En conformidad con ésta su misión, la Iglesia dio siempre, y con más amplitud en los tiempos recientes, una doctrina coherente, tanto sobre la naturaleza del matrimonio como sobre el recto uso de los derechos conyugales y sobre las obligaciones de los esposos” (n. 17).

Y subraya antes en el n. 12.

“Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador”.

 Pablo VI alzó realmente la voz; y lo hizo con Fe,  El último borrador del texto definitivo lo pasó a doce personas, cardenales, teólogos, profesores, y les pidió su parecer sobre la conveniencia de publicarla.      De los doce, siete le dijeron que no lo hiciera; y cinco, que sí. Entre estos cinco estaba Karol Woytila, futuro Juan Pablo II. Pablo VI se marchó a Castelgandolfo, se recogió en meditación, y publicó la encíclica.

“Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia. Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada” (n. 17).

Han pasado ya 52 años de aquel momento; y la doctrina reafirmada en la encíclica sigue tan vigente, y tan necesaria de recordar como en el momento de su aparición; y quizá más necesaria. Así lo recuerda Constanza Miriano, la escritora italiana autora de libros sobre el matrimonio que, en su día, zarandearon no poco las opiniones de muchos. En una entrevista de hace dos años responde con palabras muy claras a esta pregunta:

Precisamente en el momento en que usted defiende desesperadamente la Humanae Vitae, una gran parte de la Iglesia parece haber abdicado respecto a su enseñanza. ¿Cómo se lo explica?

 “Hace 50 años, cuando el resultado magnífico y progresivo de la anticoncepción había seducido a muchos, tal vez se podía entender una cierta timidez. Sin embargo, hoy tenemos que ajustar cuentas con los escombros de una sexualidad desordenada, en la que los anticonceptivos son algo habitual. Madres que hacen que sus hijas, en cuanto se han desarrollado, compren la píldora para que estén "preparadas"; pobres chicos, apenas adolescentes, a los que en los primeros cursos de la ESO se les enseña cómo ponerse un preservativo. Tal vez hayamos evolucionado mucho, pero no me parece ver mucha felicidad a mi alrededor, ni siquiera desde el punto de vista sexual”.

¿Cerramos los ojos ante la podredumbre y corrupción del sentido y significado de la sexualidad que se da en tantos ambientes de la sociedad actual?  ¿Cerramos los ojos ante la degradación de la familia y de la sociedad que en buena parte son  fruto de la banalidad y del egoísmo con que tantas personas viven su vida sexual? ¿Cerramos los ojos ante el autoexterminio demográfico que afecta a todo el mundo occidental?

¿No ha llegado el momento de que los eclesiásticos que alzan su voz en nombre de la Iglesia, vuelvan a leer la “Humanae vitae”, no para interpretarla –que es bastante clara-, sino para recordarla a los fieles y animarles con Fe a vivirla?

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