Opinión

Flores en el desierto

El Papa Francisco con un grupo de seminaristas.
photo_camera El Papa Francisco con un grupo de seminaristas.

Las aguas subterráneas apenas se ven. No siempre afloran a la superficie, aunque sigan caminando por sus cauces ocultos, y lleguen todas a su fin de alimentar a nuevos regueros, a afluentes de ríos, a ríos y, al fin, al mar, al océano.

En la superficie de la tierra pueden acaecer catástrofes, terremotos, incendios, aludes, volcanes, todo tipo de accidentes que desfiguran la superficie y obligan a abrir nuevos caminos de comunicación entre sus habitantes.

Las corrientes subterráneas de agua encuentran siempre nuevos cauces, nuevas encrucijadas para llegar al mar; y no dejan nunca de alimentar raíces que florecen en toda la superficie de la tierra, y también en los desiertos.

Y lo que sucede en la naturaleza, en la creación de Dios, acontece también en la Iglesia, obra de Cristo, Dios y hombre verdadero.

Al contemplar situaciones contrastantes y contradictorias que hacen pensar, por ejemplo, si la reunión sobre el Amazonia fue un verdadero sínodo, o fue más bien una reunión más o menos manipulada, como algunas personas del Amazonia sugieren. O si puede salir algún bien de la “experiencia sinodal de algunos obispos alemanes” que pretende cambiar la moral cristiana, y adaptarla al “querer de los jóvenes” (que al final resulta siempre el “querer” de los que dicen que “quieren oír a los jóvenes” y a
“las corrientes del siglo”). Y no digamos ante la escandalosa actuación de algunos sacerdotes en su labor; podemos preguntarnos ¿fluyen verdaderamente aguas subterráneas de la Gracia en la Iglesia, hoy?

La respuesta es: sin la menor duda. Las aguas subterráneas siguen haciendo crecer nuevas raíces de santidad en el interior en la Iglesia; en la actuación de no pocas instituciones, y en el corazón de millones de fieles. 

Si esas situaciones lastimosas, si esas sospechas sobre alguno de los actos más públicos de la organización eclesiástica, pueden ser motivo que personas se alejen de la Iglesia; además de originar no pocos problemas de conciencia a quienes permanecen en la Iglesia fieles a Jesucristo, las aguas subterráneas hacen florecer la Fe, la Esperanza y la Caridad en muchas conciencias, que mantienen firme la fidelidad al Señor, a sus Mandamientos y Sacramentos, a la Luz de Cristo, en definitiva, “Camino, Verdad y Vida” en medio de no pocas oscuridades e, incluso, de persecuciones que llevan al martirio. Precisamente en estos momentos de fuerte decadencia de la Fe en el mundo occidental; el número de mártires, de verdaderos mártires de la Fe aumenta de continuo casi todos los días, en diversas partes del mundo.

Y con los mártires, testigos de la Fe aquí y allá, y quizá también muy cerca de nuestras casas, aunque no nos demos cuenta. Algunos ejemplos. 220 monjes benedictinos, de los cuales 80 son novicios y postulantes, en un monasterio al sur de la antigua ciudad de Saigon, hoy Ho Chi Minh city, en Vietnam
del Sur.; unido al reverdecimiento de vocaciones sacerdotales, bautismos, etc, en todo el país. El hogar de Nazaret, en plena selva amazónica del norte de Perú, llevada por un sacerdote español célibe, en donde crecen a la vida cerca de 100 criaturas, entre las que se vislumbran vocaciones de futuros sacerdotes. La labor en Moyabamba, zona amazónica, también por el norte de Perú, en la que sacerdotes de la diócesis de Toledo, célibes por supuesto, llevan a cabo una maravillosa labor de evangelización, paso a paso, entre los aborígenes; y otra labor muy similar, de otro misionero español,
también célibe, en una perdida parroquia de Camerún.

Y tantos movimientos y realidades eclesiales que sostienen a la juventud, a las familias, a los ancianos, en su vida cristiana personal y familiar, y les preparan para dar testimonio de su Fe, de su Esperanza, de su Caridad, en medio de las contradicciones, injusticias, enfermedades, que se presentan en la vida de cada día. 

El Señor no abandona jamás Su Iglesia, aunque a veces nos cueste entender sus tiempos, y sus modos, y seguirá derramando el Espíritu Santo para que sostenga nuestra esperanza, serenidad y paz ante las insidias del diablo, que nos tienta para que nos desanimemos y dejemos de vivir la paz y la alegría de ser “nuevas criaturas”, hijos de Dios en Cristo Jesús en la Iglesia por Él fundada.

Comentarios
Somos ECD
¿Quieres formar parte de ECD?