Opinión

Europa, ¿vivirá sin raíces cristianas?

San Juan Pablo II.
photo_camera San Juan Pablo II.

“Resuenan hoy con gran actualidad las palabras de san Juan Pablo II en el Acto europeo en Santiago de Compostela: Europa, “vuelve a encontrarte. Sé tú misma”.

Estas palabras de Juan Pablo II, recientemente citadas por el papa Francisco, me han hecho pensar teniendo a la vista las últimas noticias de hechos ocurridos en suelo europeo: el atentado de un islamista en la catedral de Niza que ha provocado varios muertos;  los sacrilegios cometidos en algunas iglesias de Madrid y otros lugares de España y otros países europeos, con destrozos de Sagrarios y el robo de Hostias Consagradas;  la obstinación de algunos políticos para quitar Cruces, especialmente en España,  que han estado en lugares públicos de nuestro país durante muchos años y generaciones en cruces de caminos y en rincones que han abierto la mirada de millones de caminantes hacia el Cielo.

Se habla poco de las raíces cristianas de Europa, que ni siquiera habían sido recogidas al intentar redactar una Constitución para la Unión Europea hace varios años, y que tampoco se recuerdan a menudo entre intelectuales cristianos. 

Para rememorar esas raíces he vuelto a leer el discurso de Juan Pablo II en el Acto Europeo con representantes de varios países de la Unión Europea que se celebró el último día, 9 de noviembre de 1986, de su estancia en Santiago.

Después de dejar constancia de la lamentable situación religiosa de Europa, no tanto ni principalmente por razón de las divisiones sucedidas a través de los siglos, sino por la defección de bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe, y la pérdida del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida, que estaba llevando a Europa a dejar de ser cristiana, Juan Pablo II dijo:

“Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (…) Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: “Puedo”.

“Con mi viaje –concluyó Juan Pablo II- he querido despertar en vosotros el recuerdo de vuestro pasado cristiano y de los grandes momentos de vuestra historia religiosa. Esa historia por la que, a pesar de las inevitables lagunas humanas, la Iglesia os debía un testimonio de gratitud”.

Se habla mucho de la influencia de Europa en todo el mundo en el plano político, en la economía y más especialmente ahora en la expansión de la técnica que ha cambiado el panorama de la vida en tantos países de los cinco continentes.

Se habla poco de los miles y miles de hombres y de mujeres –sacerdotes y laicos, religiosos y profesionales, familias y solteros- de casi todas las naciones europeas que han anunciado a Jesucristo en casi todos los países del mundo; y han dado su vida sembrando la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y han enseñado los Sacramentos y los Mandamientos de una vida cristiana, a millones y millones de familias. 

Y se habla todavía menos de esas raíces, y no se reconoce que con la herencia griega y romana sin la Fe y la Moral de Cristo, que iluminó la inteligencia de romanos, eslavos, godos, sajones y demás pueblos germanos etc.; y la sangre y el testimonio de los cristianos, jamás se hubiera construido Europa.

Con el silencio sobre sus raíces cristianas, la Constitución de la Unión Europea pretendió, seguramente, desvincularse de esas raíces, y ha descubierto el aborto, el “matrimonio” homosexual, la eutanasia, el suicidio, el debacle de la familia, el desprecio del hombre. Y ha descubierto también el vacío de vivir sin Dios al olvidar y retirar del horizonte de su pensamiento, a Jesucristo, Hijo de Dios, Dios y hombre verdadero.

¿Es suficiente el sueño de Francisco para reverdecer esas raíces? Lo dudo.

“Sueño una Europa sanamente laica, donde Dios y el César sean distintos, pero no contrapuestos. Una tierra abierta a la transcendencia, donde el que es creyente sea libre de profesar públicamente la fe y de proponer el propio punto de vista en la sociedad. Han terminado los tiempos de los confesionalismos, pero –se espera- también el de un cierto laicismo que cierra las puertas a los demás y sobre todo a Dios, porque es evidente que una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia, no respeta adecuadamente a la persona humana” (22-X-2020).

Sin mencionar las “raíces cristianas”, Europa jamás se puede reconocer a sí misma. Sin hablar de Jesucristo, en Europa se desvanece la sombra de Dios, como reconoció hasta un personaje del Ulises de Joyce; y la palabra trascendencia no es más que un deletéreo y abstracto vacío.                  

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