Opinión

Ese enfermo es mi hijo

Virgen de la Esperanza.
photo_camera Virgen de la Esperanza.

Tenía tanto amor y tanta rabia, tanto cansancio en el cuerpo y tanta amargura en el alma, que, al ver a su hijo malherido, desfigurado y casi deshecho, dormido bajo los efectos de los tranquilizantes, no se inmutó. Se limitó a reconocerlo y a declarar su identidad delante de médicos y de policías: "Sí, ese enfermo es mi hijo".

Llevaba ya diez meses tratando de descubrir su paradero, sin desesperar de encontrarlo vivo, y dispuesta a acogerlo y a recibirlo viniese como viniese.

Después de una noche violenta bajo los efectos de una dosis de droga adulterada, el muchacho había abandonado su casa, dejando tras de sí un reguero de destrozos, de puertas desvencijadas, de hermanos maltratados. La desolación reinó por un tiempo en toda la familia.

Hasta el momento de la fuga, los chantajes y los sobresaltos habían sido el pan nuestro de cada día. Personas muy amigas le habían aconsejado tratar de olvidarse de aquella criatura, portador solamente de desgracias, y dedicarse cuerpo y alma a sus cuatro hijos restantes. Sin darse nunca por vencida, Rosario había llegado incluso a caer en la tentación de desear, por un instante, que Dios se llevara cuanto antes a aquel hijo: le parecía el único camino para terminar con los sufrimientos de todos.

Con él lejos, y sin dar noticias de su situación, una cierta paz reinada en la casa. No había destrozos. Ella no había tenido que hacer trabajos extras para conseguir apaciguar el desmesurado afán de dinero de su hijo. La calma, sin embargo, custodiaba un vacío que cada día que pasaba sin noticias, se transformaba en una carga mayor y más difícil de llevar.

Rosario no conseguía darse paz. Cuando paseaba por la calle en busca de un tiempo y de un espacio distendido y despreocupado, le asaltaba la sensación de estar andando sin saber a dónde iba, ni para qué caminaba. ¿Por qué no la llamaba el Señor ya de una vez y dejaba de prolonga­rle la agonía hora a hora?

Nunca como hasta entonces había sentido tan en sus entrañas la falta del hijo. Los demás estaban con ella, y de cada uno conocía las necesidades, las penas y alegrías, los triunfos y los fracasos; ¿qué sería del otro, en sus apenas veinte años? La paz aparente del hogar no colmaba el vacío de la vida de su hijo. Era preferible sufrir teniéndole cerca, a no saber nada de él.

Durante meses, las desilusiones se sucedieron sin interrup­ción. Las noticias que le aseguraban la presencia de su hijo aquí y allá resultaron falsas una tras otra. Al fin, y aunque la primera indicación del paradero del muchacho no fuese muy precisa, volvió a alimentar la esperanza al recibir la llamada de una conocida que le aseguraba haber visto a su hijo en una ciudad de poco más de 200.000 habitantes, a más de mil kilómetros de distancia.

¿Qué hacer? Rosario no lo dudó. Pidió dinero prestado, comprometió su sueldo y el de su marido por unos meses, preparó una maleta con lo imprescindible y se lanzó, ella sola, a la búsqueda. Antes de salir, dejó encendidas cuatro velas: dos delante de la imagen de una Virgen de la Esperanza, y otras dos, ante un Cristo del Perdón.

Sin saber a ciencia cierta dónde dirigir los pasos, las primeras pesquisas resultaron inútiles. Recorrió hospitales, comisarías de policía, casas de curas de drogadic­tos. El nombre de su hijo no figuraba en ningún registro, y a nadie resultaba familiar el rostro que mostraba en una fotografía ampliada. Dejó aquí y allá el teléfono de la pensión en la que consiguió hospedarse, y prosiguió las andaduras por la ciudad rezando y sin perder el mínimo detalle de cualquier joven que se le cruzase en el camino, y le recordase de alguna forma la figura de su hijo.

Al cabo de unos días, y apenas iniciado el amanecer, recibió la llamada de una enfermera. En el hospital habían ingresado aquella noche cuatro muchachos, todos malheridos y todos bajo los efectos de la droga. Después de las primeras curas, les habían lavado y estaban ahora durmiendo bajo los efectos de sedantes fuertes. La enfermera aclaró que ninguno llevaba documentos, y añadió que al ver ya limpio uno de los rostros, se le vino a la imaginación la fotografía que le había enseñado. Quizá era solamente una ilusión, pero le avisaba por si todavía el hijo no había aparecido.

Rogó al Señor que le diera fuerzas, y salió hacia el hospital decidida a todo.

Cargó con él; calmó sus lágrimas, entre nerviosas y de arrepentimiento en un instante de lucidez; lo volvió a lavar y a cuidar; y después de solicitar y de conseguir los permisos oportunos, lo devolvió a casa.

De todo esto han pasado algunos años. La deuda contraída está ya a punto de ser saldada por completo. Fueron necesarias un buen número de horas extras, de Rosario y de su marido, para pagar los viajes y el tiempo de recuperación de su hijo en una casa de cura. Hasta el párroco de la vecindad hizo una colecta para ayudar a cubrir gastos.

Las cuatro velas se renuevan encendidas desde entonces ante la imagen de la Virgen y delante del Cristo. La familia, ya abierta y floreciente en otras ramas, se reúne de vez en cuando para celebrar aniversarios familiares. Del episodio no se hace nunca mención. Basta la sonrisa del hijo, que lucha todavía para volver a situarse en la normalidad del vivir, para dar aliento a su madre.

ernesto.julia@gmail.com

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