Opinión

Dios viene a nuestra historia

Belén.
photo_camera Belén.

Días de Navidad. Días de Reyes Magos con sus cabalgatas. Tradiciones cristianas en la vida de tantos países que, hoy, no pocas personas pretenden arrancar de sus orígenes, de su realidad histórica, de su más profundo significado; y convertirlas en una simple ocasión para unas vacaciones laborales aprovechando también el cambio de año, y enterrar su recuerdo entre comidas, cenas, regalos,
entretenimientos.

El portal de Belén, que en tantas almas hace renacer una luz de amor familiar, de comprensión, de caridad, de esperanza, de Fe en el amor de Dios; para otros supone una realidad de la que se quieren olvidar a toda costa: que estos días pasen lo antes posible y se vuelva a la rutina de cada día que no invita a pensar.

¿Por qué? El Eterno nace hombre mortal; no quiere dejar solo al hombre en el cabalgar de la historia. Quiere atraer hacia Sí a todas las criaturas, a todas las religiones, a todas las civilizaciones, judías, musulmanas, budistas, agnósticos, Dios, que nos ha creado, y ha querido que seamos verdaderamente hijos suyos, no simplemente criaturas, quiere comenzar a vivir con cada uno de nosotros y en cada uno de nosotros. Quiere que su Luz ilumine nuestras tinieblas.

Dios que desde que el ser humano abandonó del paraíso, los hombres han tratado de encontrar entre las nubes del cielo, en tormentas y tempestades, en los frutos de la naturaleza, en los animales; se hace niño y nos invita a que lo busquemos, y lo encontremos, en medio de la calle, en la iglesia más cercana, entre los hombres y las mujeres de nuestro barrio.

¿Cómo se le ha podido ocurrir a Dios, Creador, Padre, Todopoderoso, Eterno, después de la alianza con Abraham y con Moisés, enviar a su Hijo a este muladar que es toda la tierra? “No había lugar en la posada”, dice el Evangelio. ¿Hay acaso un lugar digno sobre toda la faz de la tierra, para recibir al Niño Jesús, para que nazca el Hijo de Dios, que quiere hacer de todos los seres humamos una única familia de Dios?

De tal modo el pecado nos ha herido la inteligencia, el corazón, que desconfiamos del Amor de Dios, que nos matamos los unos a los otros, como Caín a Abel; que corrompemos nuestras sociedades y prostituimos hasta lo que un día hemos amado, que no queremos que venga Dios a “salvarnos” de nuestras miserias y de nuestras mezquindades. Oscurecida así nuestra capacidad de ver la realidad, ansiamos suicidarnos sin arrepentirnos de nuestro pecado; y podemos rechazar el perdón y el amor que nos ofrece el Niño Jesús, y su misericordia. Podemos no querer ser perdonados, ni salvados. Nos podemos enterrar en nosotros mismos.

Dios en la historia, para liberarnos del pecado y de la ceguera. Las naciones desaparecen una detrás de la otra; Los imperios se desvanecen siglos tras siglos. Del paso del hombre sobre la tierra nada quedará al final de los tiempos, y podemos estar bien seguros de que también se acabará el tiempo.

Navidad. Santa Navidad. “Los hombres que habitaban en el valle oscuro, han visto una gran Luz” ¿Tenemos los ojos abiertos para maravillarnos de la Luz? Hace ya dos mil años de su venida a la tierra, en Belén; y en la tierra sigue habiendo muchos hombres que se arrancan los ojos, que se tapan los oídos, para no ver la sonrisa del Niño Jesús, ni oír sus lamentos y sus llantos.

¿Qué sentido tiene el correr de nuestros días, de nuestra historia, si no la abre el corazón del Niño Jesús a la vida Eterna? Navidad. Es el acontecimiento que contempla en silencio toda la creación.
Jamás se ha visto nada igual, y jamás lo verán los que caminen sobre la tierra después de nosotros. Navidad es el centro del mundo, del universo, del Corazón de Dios, de todos los planes de Dios, de todos los anhelos del Amor de Dios.

En el Niño Jesús, Dios se esconde en el tiempo, y a nosotros, nos injerta en la Eternidad. Y nos invita a los cristianos a que hablemos de Él a todos los que nos encontremos, lo sepan ellos o no, caminando hacia Belén: judíos, ateos, budistas, musulmanes, confucianos, animistas., etc., etc.

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