Opinión

El diálogo, ¿tiene algún sentido?

Indígenas peruanos durante la visita del Papa
photo_camera Indígenas peruanos durante la visita del Papa

“Nunca he bautizado a un indio, ni lo haré en el futuro”, dijo el obispo Erwin Kräutler, hombre clave del próximo Sínodo del Amazonia. 

¿A qué ha ido este hombre al Amazonia? ¿Se ha acordado alguna vez del discurso de san Pablo a los atenienses? Le dejaron hablar un rato hasta que les habló de Cristo, muerto y resucitado. En ese momento, la mayoría se fueron; se quedaron apenas dos o tres, ¿que hizo san Pablo? Le siguió hablando de Dios hecho hombre, de Jesucristo; y sin imponer nada a nadie, con la misma libertad con que Esteban bautizó al etíope, los bautizó. Fueron los primeros cristianos griegos que propagaron la fe a su alrededor.

La Comisión Teológica Internacional publicó en 1997 un documento titulado “El cristianismo y las religiones”. En el n. 104 nos dice muy claramente en qué consiste el diálogo, sin duda amable, sereno y respetuoso, de la Iglesia Católica con las otras religiones.

La Iglesia sabe que el único salvador de todos los hombres que quieren ser salvado, es Cristo Nuestro Señor.

“A la única mediación salvífica de Cristo para todos los hombres se le atribuye, por parte de la posición pluralista, una pretensión de superioridad; por ello se pide que el cristocentrismo teológico, del cual se deduce necesariamente esta pretensión, sea sustituido por un teocentrismo más aceptable”.

Algunos pretenden quitar de en medio a Dios que se hace hombre, que se acerca a los hombres, que muere por ellos; e imaginarse un dios etéreo, en la “nube”, que apenas sirva para entretener un momento de aburrimiento vital.

La Comisión teológica se expresa con claridad:
“Frente a ello hay que afirmar que la verdad de la fe no está a nuestra disposición. Frente a una estrategia de diálogo que pide una reducción del dogma cristológico para excluir esta pretensión de superioridad del cristianismo, optamos más bien —con el fin de excluir una «falsa» pretensión de superioridad— por una aplicación radical de la fe cristológica a la forma de anuncio que le es propia. Toda forma de evangelización que no corresponde al mensaje, a la vida, a la muerte y a la resurrección de Jesucristo, compromete este mensaje y, en última instancia, a Jesucristo mismo. La verdad como verdad es siempre «superior»; pero la verdad de Jesucristo, en la claridad de su exigencia, es siempre servicio al hombre; es la verdad del que da la vida por los hombres para hacerlos entrar definitivamente en el amor de Dios.”

Y en el núcleo del mensaje de Cristo está el “bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

La Iglesia, una, santa, católica y apostólica, desde sus comienzos -fue fundada por el mismo Jesucristo- ha tenido, y tiene, la clara conciencia de ser la única religión revelada por Dios; Cristo anuncia que es la Luz del mundo. Donde no hay Luz, hay tiniebla, con apenas, quizá, algunos puntitos de luz que anhelan unirse a la Luz plena. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, dijo Jesús. 

Es comprensible que la Comisión Teológica concluya así este párrafo:
“Toda forma de anuncio que busque ante todo y sobre todo imponerse sobre los oyentes o disponer de ellos con los medios de una racionalidad instrumental o estratégica, se opone a Cristo, evangelio del Padre, y a la dignidad del hombre de la que Él mismo habla”.

Y no es difícil concluir que esos “medios de una racionalidad instrumental y estrategia”, pueden ser desde la preocupación por la fauna del mar océano, hasta el interés de “hacer lo que los jóvenes quieren que se haga”, y manipular así el “interés” de los jóvenes; hasta la búsqueda de una paz ilusoria, que nada tiene que ver con la verdadera paz de pedir perdón por los pecados, y descubrir el Amor de Cristo, el Amor de Dios.

El camino, el diálogo, de San Pablo es el que han seguido los hombres y las mujeres que han llevado la luz de Cristo a todos los rincones de la tierra.

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