Opinión

Clamores blasfemos en el Calvario: siguen vivos

Jesús en la cruz
photo_camera Jesús en la cruz

Hoy, como entonces, los clamores blasfemos siguen llegando a los oídos de Cristo. Entonces los recibió crucificado en la Cruz.  En aquel rincón de Jerusalén, Jesucristo, Dios y hombre verdadero, vive el hecho de más transcendencia en la historia de la humanidad. Guerras, culturas, civilizaciones, las más grandiosas construcciones de los hombres ¿qué son ante la muerte de Dios hecho hombre, hecho “pecado”?

¿Nos atrevemos a mirar, cara a cara, a Cristo crucificado, en estos días de la Semana Santa?

Las gargantas comenzaron a lanzar sus gritos, apenas la caravana de los condenados a muerte se puso en marcha.

“¡Si eres el hijo de Dios, desciende de la Cruz, y creeremos en ti! ¿Creerían? Su voz es como la del diablo que protesta ante la presencia de Cristo en la tierra: “has venido a atormentarnos”.

Alzada la Cruz, Cristo permanece en ella Crucificado.

Las voces son el clamor de todos los `pecadores del mundo que no quieren pedir perdón al Hijo de Dios que se muere para redimirnos, para salvarnos de nuestras propias miserias. La voz de todos los que rechazan la salvación eterna que Cristo les ofrece.

Es la protesta del pecado que no quiere abandonar la tierra y volver al infierno; es la queja de satanás que sabe va a ser derrotado en la Cruz. Es la rabia de los pecadores que no quieren ser perdonados.

Es el clamor de la muerte que no quiere ser un día Resurrección, y anhela hacer desaparecer al Crucificado de todas las Cruces alzadas en los caminos de los hombres.

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,

Y cuántas con vergüenza he respondido,

Desnudo como Adán, aunque vestido

De las hojas del árbol del pecado” (Lope de Vega)

“Los que pasaban le injuriaban, moviendo la cabeza y diciendo: ¡Ea! Tú que destruyes el Templo y lo edificas en tres días, sálvate a ti mismo, bajando de la Cruz” (Mc 15, 29).

Claman el pueblo y sus autoridades. Los que se odian ente sí, aúnan sus voces contra el Creador de todos, el que desea ser Redentor de todos, el Salvador de todos.

“Del mismo modo, los príncipes de los sacerdotes, burlándose entre ellos con los escribas, decían: Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse. Que el Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos” (Mc 15, 31-32).

Se hace la noche, y las gargantas se cansan de gritar, de blasfemar. Se oyen los improperios. ¿Nos cansaremos los hombres un día de “despreciar” a Cristo crucificado?

“¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme.

“Yo te guie cuarenta años en el desierto, te alimenté con el maná, te introduje en una tierra excelente; tu preparaste una cruz para tu Salvador”

Ya no se oyen insultos ni blasfemias. En el silencio de la Cruz, de la Muerte, queremos sepultar a Cristo con el cariño de su Madre, en espera de su Resurrección.

Después de darnos a María, su Madre; y de dejar su espíritu en las manos de Dios Padre, Cristo permanece clavado en la Cruz hasta el fin del mundo oyendo el silencioso musitar de las almas que lo aman, para abrazar a cada uno en la gloria de la Resurrección.

El clamor de los blasfemos se precipita en el abismo; entonces, ahora, siempre.

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