Opinión

Un Cardenal habla claro

El Cardenal de Utrecht, Willem J. Eijk.
photo_camera El Cardenal de Utrecht, Willem J. Eijk.

El cardenal Willem J. Eijk, arzobispo de Utrecht, en Holanda, ha enviado una clara advertencia a los obispos flamencos, por el documento publicados recientemente: «Las personas homosexuales están pastoralmente cerca – Por una Iglesia hospitalaria, que no excluye a nadie». Un documento en el que instituyen una especie de ceremonia para impartir la bendición a las uniones homosexuales que la soliciten. Documento que, lógicamente, ha causado gran escándalo en la comunidad católica y que no ha sido respondido, por el momento, por parte del Vaticano.

Eijk ha alzado la voz, quizá visto el silencio que mantenía Roma sobre este caso tan flagrante de desobediencia a una disposición pontificia. En su escrito termina diciendo que «los católicos que aceptan las enseñanzas de la Iglesia también  en materia de moral sexual, esperan fervientemente que los obispos flamencos pronto sean llamados, por círculos eclesiásticamente competentes, a retirar su declaración y que estos últimos cumplan».

Lógicamente, esos “círculos eclesiásticamente competentes” no son otros que la Curia Romana.

Las palabras del Cardenal son también una clara sugerencia a Roma para que desde allí se aplique sin más tardanza lo que la Congregación para la Doctrina de la Fe estableció hace poco más de un año:

“No es lícito impartir una bendición a relaciones, o a parejas incluso estables, que implican una praxis sexual fuera del matrimonio (es decir, fuera de la unión indisoluble de un hombre y una mujer abierta, por sí misma, a la transmisión de la vida), como es el caso de las uniones entre personas del mismo sexo[6]. La presencia en tales relaciones de elementos positivos, que en sí mismos son de apreciar y de valorar, con todo no es capaz de justificarlas y hacerlas objeto lícito de una bendición eclesial, porque tales elementos se encuentran al servicio de una unión no ordenada al designio de Dios” (22-II-2021).

En el documento preparado por los obispos flamencos se puede leer una oración en la que se incluían estas palabras: “Que el amor que comparten sea para ellos alegría y servicio a nuestra comunidad. Danos la fuerza de caminar con ellos, juntos siguiendo las huellas de tu Hijo y fortalecidos por el Espíritu”.

Palabras que pretenden establecer que la moralidad de los actos humanos se fundamente, única y exclusivamente en las disposiciones y discernimiento del sujeto que las realiza. O sea, un subjetivismo total que conduce, directamente, a un relativismo que conlleva la desaparición de la Verdad objetiva, y a no tener en cuenta en absoluto los Mandamiento de la Ley de Dios, de la Moral, que ya los primeros cristianos han vivido siguiendo las enseñanzas de los Apóstoles en la condena de la sodomía, de las prácticas homosexuales. 

El card. Eijk les recuerda también que «la Palabra de Dios contenida en las Escrituras califica de manera inequívoca e innegable las relaciones homosexuales como pecado».

Los obispos flamencos pretenden sostener su disposición partiendo del cap. VIII de la exhortación apostólica Amoris laetitia. Eijk les recuerda que, obviamente, cualquier persona que tenga algunas tendencias homosexuales debe ser tratada con respecto, y que la ayuda espiritual que se le pueda ofrecer. y dar, debe servir para ayudarles a comprender que la práctica homosexual va en contra del orden establecido por Dios en la creación y, por tanto, es moralmente inaceptable.

La disposición de la Congregación para la Doctrina de la Fe no supone, en modo alguna, ninguna discriminación contra nadie. Cualquier persona, esté en la situación que esté, puede ser bendecida. Lo que no se puede bendecir es el pecado, pero sí al pecador arrepentido que pide la bendición y el perdón por su pecado.

Al leer el documento de los obispos flamencos, me he preguntado cómo se les ha podido pasar por la cabeza organizar esas ceremonias para bendecir acciones contrarias a la Ley de Dios, a la naturaleza humana, a la moral vivida en la Iglesia desde que Cristo la fundó.  Pablo VI tenía razón, el humo de satanás anda muy suelto por la Iglesia.

ernesto.julia@gmail.com

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