Opinión

En la canonización de John Henry Newman

Cardenal Newman
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El Señor sabe jugar con el tiempo. Y de manera particular, me atrevería a decir, en todo lo que se refiere a llevar adelante Su Iglesia.

Tuve una alegría grande cuando el 19 de septiembre de 2010, Benedicto XVI celebró en Birmingham la beatificación de Newman. Alegría, agradecimiento a Dios que se multiplica ahora ante la canonización que tendrá lugar este domingo en Roma. 

Desde su muerte, 1890, no pocos católicos han esperado estos momentos. Faltaban por llegar los milagros que ponen en marcha cualquier proceso de beatificación, y parecía que la Iglesia estaba perdiendo la oportunidad de subrayar el buen ejemplo de un hombre que durante toda su vida fue un profundo amante de la Verdad, de la Verdad de Cristo, de la Verdad de la Iglesia.

Y llega ahora su canonización precisamente en un momento en el que el ejemplo de su vida, el ejemplo del hambre de la Verdad que le llevó encontrarse plenamente con Cristo en la Iglesia Una, santa, católica y apostólica, el ejemplo de los sufrimientos que padeció también de parte de eclesiásticos católicos, puede hacer un gran bien a muchas almas.

Newman es un hombre que quiere asentar toda su vida, todo su trabajo, todo su palpitar en la tierra, en la Luz de Cristo; en la Luz de la Iglesia fundada por Cristo; en la Luz de la Conciencia del bien y del mal, el gran don de Dios al hombre en el momento de su creación.

Newman es una piedra de contradicción para esas personas de las que se dice que “están apegadas a sus convicciones, en sus primeras convicciones, en sus propias ideologías”, que, en definitiva, “prefieren la ideología a la fe”. ¿Quienes son esas personas?

El obispo que pide la ordenación sacerdotal de las mujeres en el Sínodo del la Amazonia, y rechaza la perenne fe de la Iglesia desde sus comienzos; el eclesiástico que afirma con toda paz que todas las religiones son queridas por Dios, que son más o menos iguales, y que sus creyentes no necesitan a Cristo para salvarse; los que banalizan la Eucaristía, no hablan jamás de la Misa como el Sacrificio del Hijo de Dios, y tratan de convertirla sencillamente en una comida de amigos; los que convierten el juicio de conciencia que lleva al hombre, como llevó a Newman, a ponerse delante del Señor, a acatar la ley de Dios injertada en la profundidad de su espíritu, en un acto de puro “discernimiento”, mezclado a sentimientos y sensaciones.

Ese “discernimiento”, al final, lleva al hombre no a vivir según la Ley y el Amor de Dios, sino a hacer lo que le da la gana, con actos que ofenden a Dios y van en contra de sus mandamientos. !Pobre Señor que no está de acuerdo con “mi discernimiento”¡, llegan a decir.

El pensar en Newman es una llamada de atención para los católicos, obispos, sacerdotes, laicos, que tienen respetos humanos en afirmar públicamente su fe, y prefieren acomodar su fe a las “enseñanzas” del ambiente sin importarles las que sean: prácticas homosexuales, uniones homosexuales, olvido de la vida eterna, negación de la divinidad de Cristo, etc.

Y quiera Dios, así se lo pido para el nuevo santo, para que muchos anglicanos, protestantes, descubran la Iglesia una, santa, católica y apostólica, y nos ayuden a los católicos que queremos ser fieles a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, a mantener viva su Iglesia, y no dejarla en manos de quienes pretenden, a base de sus “discernimientos”, convertirla en una “religión protestante” más.

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