Opinión

La Asunción de Nuestra Señora

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Pocos días atrás hemos recordado el comienzo del viaje de Magallanes y Elcano, que tantos horizontes abrió a los hombres de su tiempo; horizontes que han permanecido abiertos desde esos momentos.

En la Asunción de la Virgen María, la Iglesia nos quiere recordar el acontecimiento histórico que, con la Ascensión del Señor al Cielo, nos anuncia la Vida Eterna a la que estamos llamados a vivir con Cristo en Dios, nos anuncia y nos hace vislumbrar, nuestros horizontes de Eternidad..

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo llama a la Virgen María, la Madre del Hijo hecho hombre, a vivir eternamente con Él en el Cielo.

Ha querido tenerla por madre en la tierra; y quiere ensalzarla sobre toda la creación, y tenerla consigo para siempre en el Cielo. “Terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del Cielo”.

Los Ángeles y los Arcángeles se alegran de verla; la contemplan;  y nos invitan a que pongamos en Ella nuestra mirada, para que un día, podamos también nosotros estar eternamente con Ella en el Cielo.

Los Ángeles y los Arcángeles se alegran de verla; y nosotros con ellos. La contemplan; y nos invitan a que pongamos en Ella nuestra mirada, para que un día, podamos también nosotros estar eternamente con Ella en el Cielo.

Reina de la Paz. A Ella dirige el Papa y toda la la Iglesia las oraciones por la paz en el mundo.

María ha recibido en su seno a Dios Hijo en su venida a la tierra. Hoy contemplamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que acoge a Santa María, “terminado el curso de su vida en la tierra", para vivir eternamente  con Ella en el Cielo.

Madre de Dios y Madre nuestra. Desde el Cielo, con su tierna mirada de madre amorosa, nos envía el Espíritu Santo para que renovemos nuestra Fe en la vida eterna; para que no perdamos jamás la Esperanza de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo; y para que crezcamos cada día en Caridad, que nos mueva a perdonar y a amar a todos, con el amor con que nos ama su Hijo Jesucristo.

Celebrando la Asunción de la Virgen María al Cielo, la Iglesia anuncia el final de la historia de los hombres sobre la tierra; y nos abre la perspectiva de la Vida Eterna.

Dios corona su obra.

María, la primera criatura que es elevada al Cielo, en cuerpo y alma gloriosos. La primera criatura que vivió la muerte en la tierra, entrando en el Cielo para toda la eternidad, en la unión gloriosa y personal de alma y cuerpo.

Al recibir el anuncio de la Encarnación, María dirigió al Señor un canto de acción de gracias: “Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderosos, cuyo nombre es Santo” (Lucas 1, 48-49).

Asunta al Cielo, María es la voz suave que invita al arrepentimiento; la voz que adelanta en el corazón del pecador el gozo de pedir perdón. María es ya la nueva tierra, el nuevo Cielo. En Ella se han cumplido las promesas de Dios; en Ella se han colmado las esperanzas de los hombres; en Ella, el hombre descubre la “escala del paraíso”, la escalera del Cielo.

Asunta al Cielo, María nos invita a que “dirijamos nuestros ojos hacia el Cielo (…) Volver nuestra mirada hacia el Cielo significa que nuestras almas se abran a Dios para que tome posesión de nuestras vidas” (Ratzinger).

Asunta al Cielo. Dios adelanta en María la resurrección de la carne, en el gozo de recibir a su Madre ya en la plenitud de “nueva criatura”.

“Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia” (Josemaría Escrivá).

En el Cielo, la Virgen María intercede por las almas benditas del Purgatorio, para que lleguen a gozar de Dios eternamente. Pongamos en sus manos las almas de nuestros seres queridos difuntos para que, un día,  sea para todos la “puerta del Cielo”.

Ernesto Juliá Díaz

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