Opinión

¿“Armar lío” o “provocar desorientación”?

Y me hago esta pregunta al leer algunas noticias en torno al Congreso Mundial de las Familia que, promovido por el Vaticano y organizado con la expresa colaboración de la diócesis de Dublín, se celebrará los días 22-26 de agosto en la capital de Irlanda.

James Martín, sacerdote jesuita.
photo_camera James Martín, sacerdote jesuita.

¿Qué ha ocurrido?

Entre las conferencias que se tendrán en el Congreso –al que asistirá el Papa Francisco-, aparece anunciada una del sacerdote jesuita americano, padre James Martin, que en traducción libre lleva este título: “Acojamos y respetemos en nuestras parroquias a los LGTBI y a sus familias”.

¿Qué sentido tiene presentar una conferencia semejante que ya en el título parece aceptar “familias” homosexuales –no a personas con esas tendencias, que es otra cuestión-; y que parece además dar por normales -natural y espiritualmente normales- todas las desviaciones sexuales -objetivamente hablando, sin referencia a personas particulares- que lleva consigo la institución LGTBI, cosa que no ha hecho ni el mismo Freud?

Un Congreso semejante se supone que tiene la misión de realzar el amor de Dios a la familia por Él creada; y fruto de ese Amor, subrayar y resaltar la grandeza humana y sobrenatural de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer y abierta siempre a la vida, a los niños.

A lo largo de los tiempos, y en las diferentes culturas, esa obra de Dios que es la familia, ha tenido y seguirá teniendo algunas características particulares. Esas características nunca afectaran al núcleo originario –la unión de una mujer y de un hombre, en donación total de cuerpo y alma- que Nuestro Señor Jesucristo reafirmó constituyéndola Sacramento: camino de santidad para los cónyuges que mantienen vivo el Amor de Dios en el mundo, amándose el uno al otro y ayudando a crecer, con ese amor, a los hijos que Dios les envía, que serán hijos suyos siendo hijos de Dios en Cristo Jesús. Con esas familias la Iglesia ha convertido el mundo; sin esas familias no lo convertirá jamás, no realizará la misión que Cristo le encomendó.

¿Cómo se puede dar lugar en un Congreso, que tiene también la misión de anunciar a todas las civilizaciones y culturas esos planes de Dios en la Familia, de llevar la Luz de Cristo a las oscuridades de construcciones humanas, a una intervención semejante que anuncia, de alguna manera, la “normalidad” de “familias” y de actuaciones sexuales contrarias a la Ley de Dios, contrarias a la Ley Natural, contrarias a la naturaleza humana? 

El simple anuncio de esa conferencia ha llevado a escribir a un columnista del periódico italiano Il Messaggero de estos días, las siguientes palabras: “Tampoco en el Vaticano parece que tengan muy claro el concepto de familia católica. ¿Es todavía la formada por un hombre y una mujer, como indica el Génesis, o ya ha cambiado y aceptan las organizadas bajo el “arco-iris” (lésbicas, homosexuales, transexuales, transgénero), etc.?”

La Iglesia no cede nunca ante cualquier “revolución cultural” que se le presente en el camino y que sea contraria a la redención realizada por Cristo.  Conoce muy bien las palabras de su Fundador: “Quien me ama, cumple mis mandamientos”.  Y sabe también, que amando esos mandamientos del Señor, tiene la gracia y la fuerza para  redimir cualquier de esas “revoluciones culturales” que quieren deformar los planes de Luz y de Salvación de Dios sobre los hombres, y pretenden enterrar a los seres humanos en la oscuridad del pecado. Una de esas “revoluciones” es, ciertamente la promovida por los Lgtbi.

Permitiendo conferencias semejantes a las del sacerdote James Martin, y permitiendo que esas palabras LGTBI aparezcan en un Congreso sobre la Familia pensada, creada y amada por Dios, “se hace una grave ofensa a las personas que viven esas atracciones hacia el otro sexo con trabajo y esfuerzo, pidiendo ayuda a Dios, y no dejándose llevar por esa atracción”, como señala otra periodista italiana.

Alguien puede decir que la Iglesia tiene que dar cabida a otras opiniones. Otro día escribiré sobre “puentes” y “muros”. Ahora termino con estas palabras que Vittorio Messori dijo a Juan Pablo II, cuando le convenció para que no diera una entrevista a una cadena de televisión: “Santidad, le hablo como periodista. Usted es para todos nosotros católicos el maestro supremo, el que nos fortifica en la fe.  Ha de tener presente que entrar en el reino de los medios de comunicación significa entrar en el reino del “según mi parecer”, en el reino de la opinión. Tengo la impresión de que su vocación de maestro de la fe, en algunos casos también infalible, sería muy dañada y desprestigiada. Usted no puede tener opiniones; debe tener certezas”.

Y son certezas, y no opiniones y menos desorientadas, lo que se espera de estos Congresos, iniciativa de Juan Pablo II, que la Iglesia celebra cada tres años.

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