Opinión

El andar de la Cabalgata

Camellos en una cabalgata anterior de Reyes en Madrid.
photo_camera Camellos en una cabalgata anterior de Reyes en Madrid.

¿Por qué unos cristianos han querido, en un momento de su historia, revivir el viaje de los Reyes Magos componiendo una cabalgata? A ésta pregunta se añade otra, ¿por qué en esta época, que ha hecho realidad hasta los viajes interplanetarios, se sigue recordando de esa manera tan natural, como es el andar de una cabalgata, un viaje tan pobre y pedestre como fue el de los Reyes Magos?

No hago consideraciones teológicas, que tampoco ahora me parece son del caso. Me pongo con el espíritu de un cristiano corriente, que después de leer los Santos Evangelios, sabe bien dos cosas sobre el día de Reyes: la alegría de los Magos al dar sus dones al Hijo de Dios; y la alegría del Hijo de Dios, al recibirlos.

La Epifanía es la manifestación del gran regalo que Dios ha querido hacer a la humanidad, a cada hombre que ha vivido, vive y vivirá en la tierra. El Niño que, en su nacimiento ha permanecido escondido en un rincón de Palestina, en la Epifanía es mostrado al mundo, es ofrecido a todos los seres humanos, para que lo descubran y se gocen en Él. Desde aquel día, hombres y mujeres de todas las razas, de todas las culturas y civilizaciones, de cualquier confín del globo, podemos contemplar, adorar, amar al Hijo de Dios hecho hombre: nos pertenece. Dios nos ha hablado; ha venido a vivir con nosotros.

Los Magos comenzaron a cabalgar con un rumbo, aun sin saber a ciencia cierta a qué lugar del mundo les llevaría la estrella, y dispuestos a conquistar el horizonte abierto a su mirada, a su corazón.

Han podido caer en la tentación de retirarse de la empresa al perder la visión de la estrella, en Jerusalén; tampoco entonces se dieron por vencidos, y consiguieron al fin desentrañar que el secreto escondido en la estrella no era una ilusión, no era un sueño, no era una fábula; era anunciar una realidad: el Hijo de Dios, Dios, hecho carne, hecho hombre. 

La estrella ha permitido que los Magos descubrieran un "motivo para vivir". Ese "motivo" que obliga al fantaseado Gran Inquisidor de Dostoiewsky a reconocer una cierta razón del actuar de Jesucristo, después de recriminarle por haber rechazado la primera tentación del diablo: "En eso tenías tu razón: el secreto del humano existir consiste en tener un motivo para vivir. Si el hombre no se explica claramente por qué debe vivir se destruirá a sí mismo antes que continuar una vida inexplicable, aunque tuviese el pan a montones".

Los ojos de los Magos se llenan de la plenitud de la luz que han visto en el Portal de Belén; y aún sin tener palabras adecuadas para expresarlo, anhelan comunicar a los demás mortales el descubrimiento que ilumina, con visos de eternidad, su espíritu. Transmitir a los hombres de alguna manera ese gozo de "quienes han visto al Salvador", conscientes quizá de que no todos los mortales acogerían con el mismo corazón su alegría, su "revelación". ¿Cómo lo hacen?

La Cabalgata vuelca en las calles de su recorrido la alegría de los Magos por haber llegado a Belén, y por haber adorado al Niño. Ahí está su triunfo. Han comprobado que su cabalgar no ha sido estéril. Han arriesgado seguridad, comodidad, posiciones, puestos de poder y de prestigio. El riesgo que corrieron los Magos no estaba protegido por ningún seguro. Han podido quedarse a mitad de camino; ser asaltados, raptados, robados, asesinados; y nadie hubiera echado de menos su presencia, ni ninguna policía se hubiera puesto en marcha hasta dar con su paradero. Y todo, porque un día vieron una estrella que parecía llamarles.

Nacida para repartir juguetes a los niños pobres, la Cabalgata ha enriquecido su hondo sentido de solidaridad social entre los hombres, al convertirse en testimonio del inefable Don recibido. Con el Niño que nació en Belén, los Magos, y sus juguetes y gozo, tienen significado: Caridad; amor a los que sufren y padecen. Compañía al descubrir a Cristo en los más necesitados.

 Y todo acontece bajo la mirada sencilla, y algo asombrada, del Niño Jesús, como en Belén, cuando recibió a los Reyes Magos. Sanos y enfermos han encontrado en el horizonte de sus propias vidas una nueva luz. De tanto luchar en la batalla del quehacer diario, los hombres nos olvidamos que todos somos hijos de Dios, y hermanos los unos de los otros. Unos redescubren la alegría de dar; otros, la alegría de ofrecer una ocasión a que los otros den. La Cabalgata no es una mala obra de caridad para satisfacer la conciencia de alguno, ni una charanga sentimental. Es una obra de amor, hecha en recuerdo del viaje que los Reyes Magos hicieron para adorar al Señor, que ayuda a redescubrir la alegría cristiana de recibir y de dar: ¿quién no se conmueve y se siente pagado, y más que pagado, ante la sonrisa agradecida de un retrasado mental?

La Cabalgata prepara su itinerario por las calles de nuestras ciudades, y trata de comunicar a través de un río de caridad, el Amor encontrado en el Portal de Belén, visitando hospitales, asilos, hogares de beneficencia. Rincones todos donde tantas y tantas personas necesitadas: ancianos; enfermos, curables e incurables, físicos y mentales; lisiados; paralíticos; minusválidos. encuentran un refugio al sufrimiento y a la intemperie de cada día. La Cabalgata no les resuelve ningún problema: ni les construye mejores salas, ni les proporciona médicos que curen las enfermedades, ni tiene una receta mágica para quitar dolores y sufrimientos. Una vez pasada, los problemas siguen siendo idénticos, y la miseria y dureza de la enfermedad no disminuye ni se alivia. Algo, sin embargo, queda en la atmósfera. Por un momento, los enfermos se han encontrado formando parte de la misma sociedad de los sanos y objeto de su atención, no hay falsas caridades, ni sueños de consolación, nadie se siente humillado, ni nadie se enorgullece de tener más: es un encuentro fraterno, cristiano, más allá de cualquier barrera; que vence toda marginación. Y esto, como por encanto; con un regalo, un dulce, un juguete, un gesto apenas perceptible. Y no sería el primer enfermo, niño o adulto, hombre o mujer, qué visitado por los Reyes Magos, abra su corazón a las necesidades de los demás y comparta sus penas sonriéndoles con la sonrisa que un día vieron en los Reyes Magos de la Cabalgata.

Y entre estos enfermos, bien visto, nos encontramos un poco todos, entre las alegrías y las tristezas, las sombras y las luces del cotidiano vivir; porque gracias a Dios somos conscientes que el vivir es siempre tarea inacabada de descubrir el Amor de Dios en el Portal de Belén, y de transmitirlo a quienes nos encontremos en el camino.

Volverá la Cabalgata de los Reyes Magos el próximo año, y los venideros; y la antorcha seguirá brillando hasta el fin de los tiempos. Que ya en la eternidad no se hace necesario el cabalgar.

Ernesto Juliá Díaz

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