Opinión

Aires de esperanza en la Iglesia

Madre Teresa de Calcuta.
photo_camera Madre Teresa de Calcuta.

Son variadas, y más numerosas de lo debido, las voces que se alzan clamando por cambios en la Iglesia: aperturas a no sé qué horizontes, a acomodarse a las prácticas de los “jóvenes”, de los divorciados, de los homosexuales, de los sinodales, al parecer del “pueblo”, etc., que dan origen a no poco desconcierto en los fieles hijos de la santa Iglesia, a los creyentes en Jesucristo.

Pio XI en los primeros párrafos de la encíclica “Ad salutem humani generis”, escrita en 1930 con ocasión del 15 centenario de la muerte de san Agustín, señaló la providencia del Señor sobre su santa Iglesia, con palabras que podemos aplicar a nuestros tiempos, casi cien años después.

Recuerda que en cada edad, y de formas muy variadas, Dios tiene sus planes para favorecer los progresos de su Institución perenne: la Iglesia. Y lo hace enviando hombres insignes que, con su inteligencia y con obras muy oportunas, según la variedad de los tiempos y de las circunstancias, venciendo el poder de las tinieblas confortan y fortalecen la fe del pueblo cristiano. San Agustín, en su momento, en sus luchas con Pelagio y otros herejes, fue uno de ellos, y lo será a lo largo de los siglos: sus obras, su vida, será siempre una ayuda para sostener en la fe a los creyentes, y abrir a la fe la mente de ateos, agnósticos, etc.

El Señor no deja de actuar así, y lo seguirá haciendo hasta el último día de la historia de los hombres sobre nuestro planeta. Dejando aparte algunos Papas que en el cumplimiento de su misión, y movidos por el Espíritu Santo, han recordado con fuerza y claridad puntos importantes de la Fe en Cristo y en su Iglesia, sin preocuparse en absoluto que estuvieran de acuerdo con el “espíritu del tiempo”, o los “programas de cualquier institución internacional, política, económica, etc”. Y dejando también sin mencionar los miles de mártires de tantas persecuciones sufridas por los católicos –y que sigue sufriendo-; y la cantidad innumerables de santos y santas –madres y padres de familia, profesionales normales y corrientes, amas de casa, que han sembrado de amor de Dios el entorno en el que han vivido-; me han venido a la cabeza –entre muchos otros- los nombres de varios hombres y mujeres de los siglos XIX y XX, ya canonizados, o en proceso de canonización, que han sido una verdadera luz del cielo para muchos creyentes, que han sembrado de esperanza en la Resurrección y en el Amor de Dios y han devuelto la esperanza de la vida eterna, de la felicidad eterna a tantas almas.

San Pío de Pietralcina, san Juan María Vianney, santa Benedicta de la Cruz, san Josemaría Escrivá, santa Teresa de Calcuta, y san Juan Henry Newman.

San Pío y san Juan María, el cura de Ars, han reverdecido el amor a la Confesión, la alegría del arrepentimiento de los pecados, y el gozo de recibir la absolución, el perdón de Dios.

Santa Benedicta ha abierto los ojos del alma a tantos descendientes de Abraham, y a tantos cristianos en camino de quedarse ciegos, para reconocer a Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

San Josemaría ha recordado en la Iglesia el mensaje de Cristo –“que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”- anunciando la llamada universal a la santidad, que millones de hombres y mujeres viven y vivirán, a lo largo de los siglos, en su vida corriente de cada día.

Santa Teresa de Calcuta, ha ayudado a tantos cristianos, y no cristianos, a descubrir a Cristo en el sufrimiento, en la enfermedad, en los parias del mundo; y todos somos, de alguna manera, parias.

San John Henry Newman enseñó a todos los cristianos a descubrir el camino para volver a la unidad en la Iglesia que Cristo fundó.

Todos estos testigos de Fe, de Esperanza y de Caridad, nos han recordado que Jesucristo, con los brazos abiertos en Cruz, no se cansa de esperar de cada ser humano una “limosna de amor”: la limosna que le ofrecemos con nuestra Fe, y que es la respuesta de amor a la pregunta que Él nos hizo: “¿Acaso cuando el hijo del hombre vuelva a la tierra, encontrará Fe?”.

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