Opinión

Un abrazo en el Corazón de Cristo

Canción de ex alumnas de Montealto a la Virgen por María, Begoña e Isabel.
photo_camera Canción de ex alumnas de Montealto a la Virgen por María, Begoña e Isabel.

El accidente ocurrido a la salida de las alumnas del colegio Montealto de Madrid, ha sido recogido en casi todos los medios de información; y no es de extrañar. No es la primera vez que unas niñas han sido atropelladas a la puerta de un Colegio. Las circunstancias que han concurrido en la muerte de una niña de 5 años, y en la hospitalización de otras dos, de 10 y de 12 años, hoy ya fuera de peligro, tampoco llamaron mucho la atención. Una maniobra equivocada de una madre que había ido a recoger a sus hijos, como cada día, o un fallo del coche, son cosas que ocurren con una cierta frecuencia.

¿Qué han visto las madres que, en nutrido grupo como todas las tardes esperaban la salida del colegio, tomaban de la mano a sus criaturas se organizaban en un coche como podía, y regresaban a sus hogares?

Llenas de estupor ven la maniobra errada y al coche abalanzarse sobre las tres niñas. La madre de la que recibe el golpe mortal se arrodilla ante su sexta criatura, le da un beso, le dice que la ama de todo corazón, y llorando al verla morir, expresa un sentimiento que me atrevo a dejar reflejado en estas palabras:

“Señor, no te entiendo. ¿Tanto amas a mí pequeña que la quieres llevar para tenerla eternamente contigo? Tú me las ha dado, Tuya es. Te la ofrecí al nacer, te la vuelvo a ofrecer ahora, como hemos hecho todas las noches al rezarte a Ti y a tu Madre Santísima. Solo te pido una cosa: que su recuerdo, Señor, una mi corazón al Tuyo y tenga paz, serenidad y abandono en Tu Amor que ella tiene en su corazón”.

La médico de un hospital cercano, que acude inmediatamente. apenas puede sentir en la criatura un levísimo palpitar del corazón que pronto se desvanece, y certificar su marcha de esta tierra.

Llorando, en pie, contemplando en silencio la escena con un rosario en la mano, la madre que guiaba el coche, amiga de la madre de la niña muerta, se arrodilla a su lado. Silencio. Se levantan, se miran, sus lágrimas y su amistad se funden en un abrazo.

María, abrazando a su amiga, le da gracias a Dios porque está viviendo en su corazón, quizá sin ser muy consciente, una frase de Josemaría Escrivá: “no he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer”. Y el abrazo las une para siempre en el corazón de Cristo.

Más allá de cualquier petición de perdón; más allá de la grandeza de corazón de perdonar con toda la grandeza de ánimo que un ser humano puede vivir en su espíritu, está la unión vital de dos vidas, de dos familias, que se vinculan para siempre al poner una en las manos de Dios el sufrimiento, la pena, el dolor de perder una hija; y la otra, de haber sido la causa, completamente involuntaria y sin alcanzar a comprender siquiera lo ocurrido.

Las dos amigas se llaman María. La Virgen Santísima ha acompañado sus oraciones, sus lágrimas, y las de todas las familias que han vivido con ellas, en lo más hondo de sus almas, el velatorio, las Misas celebradas en el tanatorio por los capellanes del Colegio y por el párroco de su parroquia, y les han acompañado después en el entierro.

Al salir del cementerio, quiero pensar que María, la madre, ha elevado su mirada al Cielo, y allí, en el rincón de una nube, ha visto sonreír a su pequeña. Y que la otra María también la ha visto sonreír agradecida, por haber adelantado, sin querer y sin saberlo, su llegada al Cielo.

ernesto.julia@gmail.com

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