Opinión

“Humanae Vitae” sigue en pie; y seguirá

Antes de promulgar la encíclica “Humanae Vitae”, y después de la redacción del texto definitivo,   Pablo VI pidió el parecer a 12 personas,  sacerdotes y laicos,  sobre la oportunidad de suspender su publicación o seguir adelante.

Siete de los consultados, entre ellos varios cardenales y algún que otro teólogo, le sugirieron que no la publicará. Cinco, le dieron su opinión positiva: era oportuno y conveniente para la Iglesia y para el mundo, que se publicase,

Pablo VI se retiró unos días a Castelgandolfo; y en el silencio de la oración, y recogido su espíritu ante el Señor, decidió publicarla.  Entre los cinco que dieron su asentimiento figuraba la firma de Karol Woytila, el futuro Juan Pablo II.

¿Por qué ha sido -y es- tan importante esta Encíclica; y por qué sigue siendo tan importante para la Iglesia reafirmar su plena validez?

A propósito de las cuestiones planteadas sobre una “regulación de la natalidad”, y el recurso a la contracepción para conseguir ese “control de la natalidad”, Pablo VI, señaló con autoridad magisterial:

“Habían aflorado algunos criterios de soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre la matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza. Por ello, habiendo examinado atentamente la documentación que se nos presentó y después de madura reflexión y de asiduas plegarias, queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo nos confió, dar nuestra respuesta a estas graves cuestiones” (n. 6).

Y añade a continuación, para centrar bien toda la cuestión:

“El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o psicológico, demográfico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no solo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna”

El recurso a los métodos artificiales del control de los nacimientos, a la contracepción, se ha querido justificar apelando a las exigencias del amor conyugal y de una “paternidad responsable”, que la Encíclica afirma “se pone en práctica sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de laley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido” (n. 10).

La Iglesia, anunciando siempre la santidad del “amor conyugal”,  ha afirmado la doctrina de la ilicitud, pecado, de la “contracepción” -métodos artificiales para impedir el embarazo-; y lo ha hecho “fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador”

“Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad” (n. 12).

En el gran deseo de santificar la sexualidad humana y verla también como cauce para la transmisión del amor de Dios en el matrimonio, Pablo VI subraya:

“Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer; queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (n. 14).

“Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauración de una civilización verdaderamente humana (…) defiende con esto mismo la dignidad de los cónyuges. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo del Salvador, ella se demuestra amiga sincera y desinteresada de los hombres ( y mujeres) a quienes quiere ayudar, ya desde su camino terreno, “a participar como hijos a la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres” (n. 18).

Años después, Juan Pablo II reafirmó estas afirmaciones:

“Pablo VI, calificando el hecho de la contracepción como intrínsecamente ilícito, ha querido enseñar que la norma moral no admite excepciones: nunca una circunstancia personal o social ha podido, ni puede, ni podrá, convertir un acto así en un acto ordenado de por sí.”. (Discurso, 18-XI-1988).

Toda esta clara doctrina no ha conseguido, ciertamente y también porque “pastoralmente” apenas se la recuerda a los cristianos, desarraigar la revolución sexual, la fornicación generalizada que tanto daño está haciendo a las familias; ni tampoco ha parado el despliegue de la pornografía, consecuencia de esa sexualidad egoísta, desvinculada de cualquier amor humano y divino, que ha llevado a todas las desviaciones antinaturales de la sexualidad patrocinada y propagada, entre otras organizaciones, por la Lgtbi; que además pretender imponer su ideología a todo el mundo con leyes mordaza para la crítica, y “definidoras”  y “manipuladoras” del “odio”. Por desgracia,  esas organizaciones reciben un cierto apoyo de algún que otro denominado “teólogo moral”, por aquello de la “pastoral moderna”..

La “Humanae Vitae” no ha impedido todas esas consecuencias, pero  ha alzado un auténtico faro y ha asentado un camino. A veces parece difícil de recorrer; pero al recorrerlo se ve que es posible porque el andar está sostenido en el Amor de Dios., Un Amor luz que ha orientado la vida de tantos hombres y mujeres que han seguido ese camino viviendo en familia sin “contracepción” de ningún tipo- y han dado vida a las familias sobre las que se erigirá la sociedad futura: han santificado la sexualidad y la han vivido según los planes de Dios, recordados en la “Humanae Vitae”.

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