Opinión

200 años retrasada, ¿de verdad?

Papa Juan XXIII.
photo_camera Papa Juan XXIII.

Desde hace no poco tiempo se habla de que la Iglesia anda con un cierto “retraso”. Ninguno de los paladines de ese “retraso” concreta con precisión a qué se refiere el sentido de ese “retraso”. Algunos hacen referencia a la palabra “aggiornamento” (“ponerse al día”) que usó el papa Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II, en el deseo de tomar el pulso a la vida de la Iglesia. Y han dado a esa palabra –y no digo entenderla porque no se han parado en ese deseo de entenderla, sino que la han aprovechado para hacerle decir lo que a ellos interesa- los sentidos más variados y siempre reductivo.
“La idea del aggiornamento, en principio no se refiere a las cuestiones de la doctrina teológica o al cambio y renovación de la Iglesia, sino que tiene su raíz en el empeño por acertar con la verdadera forma de santidad. Solamente desde este centro puede entenderse adecuadamente; tal es la perspectiva decisiva que aquí se ofrece en orden a la comprensión de la verdadera intención del Papa Juan”, comentó Ratzinger en su día. 

La Iglesia nunca está atrasada, porque está fundada en Cristo, Camino, Verdad y Vida, y Cristo es eterno; y la Gracia divina engendra en tantos cristianos fieles anhelos y santidad. Esto no quita que en la Iglesia estén presentes cristianos, laicos, sacerdotes, obispos, cardenales, que están verdaderamente atrasados porque pretenden que el “mundo” ilumine a la Iglesia; y no que la Iglesia ilumine el andar del mundo con la Luz de la Verdad de Cristo. Luz que es eterna y engendra vida en cualquier momento de la historia de la humanidad.

«El veneno que paraliza a la Iglesia es la opinión de que debemos adaptarnos al Zeitgeist, el espíritu de la época, y no el espíritu de Dios, que debemos relativizar los mandamientos de Dios y reinterpretar la doctrina de la fe revelada», comenta Müller.

¿Quiénes son esos cristianos que se han quedado muy atrasados, más de 200 años, quizá 2.000, porque parece que no reconocen la venida de Cristo a la tierra? Los que:

- no hablan de las verdades eternas, de la Fe y de la Moral que en la Fe se sostiene, con toda claridad Se subraya el cristianismo como amor al prójimo y cuidado del mundo, clima incluido; y se guarda silencio sobre Cristo, Dios y hombre verdadero; sobre los Sacramentos y la presencia de Cristo en ellos; sobre la vida eterna, la muerte, el juicio, el infierno y la Gloria. -no hablan de la singularidad de Cristo, de Jesús, el Hijo de Dios que se encarna y viene a la tierra; y se subraya que todas las religiones son iguales ante un dios deletéreamente “misericordioso”.

- no hablan del pecado personal, ni de arrepentimiento ni de pedir perdón a Dios. Si acaso mencionan un cierto “pecado ecológico”.

- no hablan de la Moral en toda su amplitud. No hablan de la ley y de los mandamientos de Dios que enriquecen, y dan sentido a la vida del hombre en todas sus dimensiones, también en la sexual; y se pretende que el hombre sea una especie de “dios” para sí mismo, imponiendo su particular definición de bien y mal. 

- no se habla de que la Verdad –Cristo- nos hará libres. Se subraya que, “discerniendo”, el hombre puede actuar con completa libertad más allá del bien y del mal. Y se dice que a Dios no le importa el bien y el mal; que lo perdona todo aunque no se pida perdón, ni haya arrepentimiento.

El famoso aggiornamento, de Juan XXIII, no es nunca venderse al “mundo”, entendido como construcción de los hombres y no como creación de Dios. Es fidelidad a Dios, a Cristo, en las circunstancias concretas en las que la Iglesia se encuentre a lo largo de la historia. Josemaría Escrivá lo entendió muy bien: 

“Fidelidad. Para mí aggiornamento significa sobre todo eso: fidelidad. Un marido, un soldado, un administrador es siempre tanto mejor marido, tanto mejor soldado, tanto mejor administrador, cuanto más fielmente sabe hacer frente en cada momento, ante cada nueva circunstancia de su vida, a los firmes compromisos de amor y de justicia que adquirió un día. Esa fidelidad delicada, operativa y constante —que es difícil, como difícil es toda aplicación de principios a la mudable realidad de
lo contingente— es por eso  la mejor defensa de la persona contra la vejez de espíritu,
la aridez de corazón y la anquilosis mental”.

“Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísimamente en la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo —y de nosotros con El— a la voluntad del Padre celestial que le envió. Por eso, el aggiornamento de la Iglesia —ahora, como en
cualquier otra época— es fundamentalmente eso: una reafirmación gozosa de la fidelidad del Pueblo de Dios a la misión recibida, al Evangelio”.

“Es claro que esa fidelidad —viva y actual ante cada circunstancia de la vida de los hombres— puede requerir, y de hecho ha requerido muchas veces en la historia dos veces milenaria de la Iglesia, y recientemente en el Concilio Vaticano II, oportunos desarrollos doctrinales en la exposición de las riquezas del Depositum Fidei, lo mismo que convenientes cambios y reformas que perfeccionen —en su elemento humano, perfectible— las estructuras organizativas y los métodos misioneros y apostólicos. Pero sería por lo menos superficial pensar que el aggiornamento consista primariamente en cambiar, o que todo cambio aggiorna. Basta pensar que no faltan quienes, al margen y en contra de la doctrina conciliar, también desearían cambios que harían retroceder en muchos siglos de historia —por lo menos a la época feudal— el camino progresivo del Pueblo de Dios”
(“Conversaciones con Mons. Escrivá”, 1).

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