Opinión

Los problemas de la Iglesia

Ahora que ya es perspectiva común que la Iglesia ha dejado el enfeudamiento sociológico que ha vivido –en Europa, se entiende- durante siglos, y está caminando por senderos más libres y menos vinculados a los intereses inmediatos de las sociedades en las que predica la palabra de Dios; parece haber revivido en muchas personas el interés en que la Iglesia retorne al "enfeudamiento", y deje de transitar por los caminos que, en y desde la tierra llegan al Cielo, y se enfangue definitiva y totalmente en los barrizales de la tierra.

Me explico. Ante el Papa Francisco se hacen pasar cada día recuerdos de una serie de asuntos pendientes, de los que parece depender el futuro de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en todas y en cualquier parte del mundo. Esos asuntos más cacareados son: La reforma de la Curia; la transparencia de un banco; la moralidad de unos sacerdotes; la riqueza de unos palacios; la inexistencia del pecado.

En la insistencia sobre esas cuestiones parece esconderse una clara recomendación: "Mira a la tierra, y no te preocupes demasiado del Cielo; y continúa hablando del "perdón", de los "pobres", de las "periferias", de la "misericordia", que ahí cabemos todos en la tierra, y no nos recuerdes demasiado claramente la vida eterna".

Lógicamente, el Papa, a su manera y con sus modos, hace caso omiso y habla de lo que tiene que hablar: de la confesión; del perdón de los pecados; del amor de Dios, de la necesidad del arrepentimiento, etc.

De otra parte, la Iglesia nunca ha dejado de hablar de todos esos "problemas" señalados antes, y seguirá hablando, dándoles la importancia que en cada momento tenga cada uno. La reforma de la Curia, por ejemplo, me parece que no interesa realmente casi nada a cualquiera de los miles vietnamitas que se bautizan cada año en Vietnam, y no digamos a los buenos católicos practicantes de Nairobi, Kenya.

Me atrevería a decir que esos "problemas" se resuelven todos por añadidura cuando nos enfrentamos a las verdaderas cuestiones que tendrán siempre en vilo a la Iglesia: la predicación de Cristo, Hijo de Dios hecho hombre; el interés de Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, en la historia de la humanidad; la realidad de que el hombre nunca está sólo, que su morada no es la tierra, sino que la tierra es camino de la vida eterna, que ya comienza aquí. Y todo esto comporta vivir de una determinada manera, seguir unos caminos que la Iglesia ha de recordar, ha de señalar, y nunca imponer, porque es el mismo Dios, el mismo Cristo, el mejor garante de la libertad del hombre.

Ninguna institución humana tiene ni la capacidad, ni la inteligencia ni el fuerza de presentar al hombre las grandes verdades que dan sentido a su vida. Los mensajeros de los "problemas" al Papa anhelan que tampoco la Iglesia transmita la Fe que invita al hombre a mirar al Cielo, no vaya a ser que el hombre descubra el sentido de su vida, y se "convierta" a Cristo, su Salvador.

Ya lo dijo Nietzsche: "El nihilista juzga que el mundo, tal como es, no debería existir y que el mundo, tal como debería ser, no existe. En consecuencia, existir (actuar, sufrir, querer, sentir) no tiene sentido". Es el fruto estéril de una Ilustración europea que ha refugiado su fracaso en un pobre ateísmo.

Ernesto Juliá Díaz[email protected]

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