Opinión

Y se presentó la muerte

Llega noviembre, y en la Iglesia hay la santa costumbre de rezar por los difuntos. Rezar por los difuntos es una manifestación clara de la Fe en la Resurrección de Cristo, y en la resurrección de los difuntos por los que rezamos. En definitiva, rezar por los difuntos es un canto a los Santos.

Tiene mucho sentido que el mes comience con la festividad de Todos los Santos, y termine con la de San Andrés. Porque toda la devoción a los difuntos; todo el cariño de las flores en los cementerios, no se pierde en un sencillo recuerdo a personas que han dejado ya de transitar por este mundo: son el deseo anunciado de encontrarlos de nuevo, de gozar con ellos de nuevo en la Vida Eterna.

Enmascarar la muerte es quizá una de las señales más claras que manifiestan cierta inmadurez psíquica de una persona. Y cuando ese enmascaramiento se quiere vivir en sociedad y con desfile de disfraces, y máscaras; la fragilidad e inconsistencia de una sociedad queda patente.

La muerte, el "misterio de la muerte", siempre será una novedad para el hombre que la contempla. Al menos, para mí lo es. Porque el dejar de palpitar un corazón humano se resiste a transmitir su secreto a una fórmula matemática, a un análisis científico,

Hace años, cuando las salas comunes de los hospitales estaban abarrotadas de camas unas junto a otras, pasé por delante de la puerta abierta de una de esas salas, y una voz se alzó desde un rincón. Era un hombre que al ver la figura de un sacerdote dio un grito. Me acerqué, y en los estertores de la muerte, me sonrió, me dio las gracias porque había pasado por allí en aquellos instantes: él sentía que todo se acababa en la tierra y quería presentarse de otra manera ante Dios.

Yo doy gracias a Dios, cuando alguien que ya está cercano al momento final, me sonríe. Y doy gracias a menudo.

Hace pocas semanas me llamaron bien avanzado el día. A un hombre le quedaban pocas horas de vida, y me pedían el favor de ir a verle. Había bautizado a alguno de sus nietos, pero no conseguí establecer una relación fluida con él. Era un hombre algo huraño. Asistió a los bautizos desde un rincón de la iglesia, y dió claras muestras de que aquello le traía algo sin cuidado. Al menos, así lo pensaba él. No pocas veces había dado claras manifestaciones de su increencia, sin ningún alarde de ateísmo, de agnosticismo, ni siquiera de anticlerical: indiferencia, sencillamente.

Y así, hasta ese instante. El hijo que me llamó me rogó que no le dijera nada, que me presentara allí como el sacerdote del hospital que da vueltas por las habitaciones, por si alguien le manifiesta el deseo de hablar, de decir algo.

Sus ojos se abrieron de par en par al verme. Y su rostro serio, se iluminó. Quizá nunca quiso dar su brazo a torcer, y se alegraba de que allí estuviera un sacerdote para ayudarle a torcerlo, y sin haberlo él llamado personalmente. Ya casi no podía hablar, y tampoco era necesario, sus ojos expresaban su espíritu con más claridad que cualquier palabra.

No se me ocurrió recitarle los cinco últimos versos del soneto de Unamuno "Incredulidad y Fe": "Hiéreme frente y pecho el sol desnudo// del terrible saber que sed no muda,//y me amarga el sudor, el de la duda,// sácame, Cristo, este espíritu mudo,// creo, Tú a mi incredulidad ayuda" , pero me vinieron a la cabeza.

Y Cristo le sacó el espíritu mudo.

-¿Quieres que Dios te perdone todos tus pecados?, le pregunté.

Abrió los ojos, permaneció quieto unos instantes, y después un gesto claro, y repetido, de cabeza, me permitió comenzar mi tarea. Al final, sonrió, rezamos un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria –él me siguió con el movimiento de los labios-, y cuatro horas después conoció la respuesta que muchos hombres no se atreven a hacerse a sí mismos, y quedan atenazados por el "espíritu mudo":

-¿Qué nos espera más allá del umbral de la muerte?

"Halloween pasará; Todos los Santos permanecerán siempre.

ernesto.julia@gmail.com

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