Opinión

Un día de Mayo en la Plaza de San Pedro

Olegario González de Cardedal comentaba en un artículo reciente el anhelo del hombre de hoy de apoderarse de dos campos de la realidad reservados a Dios Creador: el hombre y el tiempo. El hombre, que quiere dejar de considerarse "criatura de Dios", y "hacerse a sí mismo", consigue lógicamente a verse poco más que "criatura de la nada". Y el tiempo; el hombre quiere conseguir todo "ahora" y "ya", con lo que apenas alcanza a desconectar de lo que da sentido al tiempo, y a su vivir en el tiempo: "la eternidad".

Olegario podría haber añadido un campo más de las realidades humanas de las que el hombre quiere tomar posesión: "la historia". La propia "historia", la "historia de la humanidad".

Para triunfar en su empeño, el hombre construye todas la "ideologías" posibles, todas las torres de babel imaginables; y al final el hombre –viendo su fracaso- acaba enfadándose, buscando respuestas que no encuentra, quejándose de todo lo que descubre a su alrededor, sencillamente, porque aunque lo niegue, no deja de ser "criatura"; aunque no le guste, no deja de vivir en un tiempo que a veces corre lento y otras muy deprisa, pero nunca a su propio antojo; y aunque "sueñe" con las realizaciones de su libertad, la historia se le escapará inexorablemente de sus manos. El cementerio de los paraísos" del siglo XX, y de siglos anteriores, son una buena prueba.

Aquel día 13 de Mayo de 1981, Dios expresó claramente su deseo de continuar interesándose en la historia de los hombres. Una vez más, la ilusión del hombre, de "algunos hombres" de dominar la historia a su antojo, y desplazar a Dios de los avatares de la historia, se deshizo.

Juan Pablo II vivió todavía 24 años más, y sus ojos contemplaron la caída del muro de Berlín; el desplome de tantos regímenes comunistas que al final no consiguieron su empresa de enterrar todo lo que quedada vivo espiritualmente en Europa. Y legó a la Iglesia una serie de Encíclicas, y de otros escritos, imperecederas.

"Algunos hombres" pretendieron resolver sus problemas políticos y sociales, quitando de la faz de la tierra a un personaje que consideraban un gran estorbo para sus planes de dominio mundial, un obstáculo sólo superable con su desaparición, y que por tanto había que enmudecer para siempre.

Dios actúa en la historia de los hombres con mucha sencillez, y casi sin hacerse notar. Y ese día, el 13 de Mayo de 1981, Nuestra Señor de Fátima, en la Plaza de San Pedro, le bastó desviar la bala apenas unos milímetros. Unos milímetros que lo cambiaron todo.

La bala está ahora en la corona de la imagen de la Virgen en su Santuario de Fátima. Y quizá en agradecimiento a esa "protección" Juan Pablo II se arrodilló personalmente ante la imagen, e introdujo en la letanía del Rosario esas dos advocaciones que desde entonces lo enriquecen: Madre de la Iglesia; Reina de las Familias.

A Dios le podemos negar, le podemos apartar de nuestro horizonte mental –y en ese instante deja de ser horizonte alguno-, podemos querer apartarlo del curso de la historia. Y nuestro poder se agosta ahí: en un inútil "querer".

Dios sigue siendo el Creador del hombre; el gobernador del tiempo; el acompañante del hombre en la historia. Como aquel 13 de Mayo de 1981, en Roma.

Ernesto Juliá Díaz[email protected]

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