Opinión

¿Clericalismo y/o Homosexualidad?

Matrimonio gay
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La oración de amor y de desagravio a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, surge del alma de todo creyente, en momentos semejantes a los que está pasando en estos días la Santa Iglesia.

Y son, realmente, momentos muy penosos, se mire desde donde se mire; y especialmente, si contemplamos la situación desde el interior de la misma Iglesia, y desde el Corazón de Jesucristo que la instituyó para dar a conocer en todo el mundo, a todos los hombres y mujeres que pasaran por este planeta a lo largo de los siglos, el insondable misterio del Amor de Dios.

No me preocupa, y por tanto no me voy a ocupar de eso, el número de personas, periodistas, comentaristas, “opinadores” de internet, etc. etc., que aprovechan esas ocasiones para lanzar ataques contra los sacerdotes, contra el celibato, etc.; y no tienen nunca en cuenta que el fenómeno de la pederastia está mucho más extendido entre personas que no son célibes, y que no son sacerdotes; y por supuesto ni nombran a los cientos de miles de sacerdotes que en todos los rincones de la tierra dan su vida anunciando a Cristo y animando a tantas personas a pedir perdón por sus pecados y descubrir, así, el Amor de Dios. 

Al pararme hoy ante la “memoria” de escándalos cometidos hace ya cincuenta, sesenta y hasta hace setenta años; quiero concentrar mi atención  en lo que no se dice, ni de un lado ni de otro; y en lo que parece que se pretende sacar de toda esta “suciedad removida” que se está llevando a cabo.

¿Qué no se menciona?  En primer lugar, que la gran mayoría, algo así como el 80% de los sacerdotes que han cometidos abusos, fueron, eran o son practicantes de la homosexualidad. Y que, la raíz de esos abusos no se puede buscar en el celibato, ni en la vivencia casta de la sexualidad de los sacerdotes que ofrecen a Dios –y las vencen- sus tendencias heterosexuales  u homosexuales, para servir a todos.

En segundo lugar, no se ha mencionado claramente que desde 1961 la Iglesia ya había indicado que personas que tuvieran actividad sexual con personas de otro sexo o del mismo sexo, no podrían ser sacerdotes. Y de manera muy particular, desde 2005 –Benedicto XVI- una Instrucción de la Congregación para la Educación Católica establece: “que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura “gay””.

¿Qué puede haber detrás de toda esta “suciedad removida”, y qué se pretende sacar de todo esto?

Pienso, francamente, que no es muy osado sostener que lo que se pretende es que se acepte, tal cual, la práctica homosexual dentro de la moral de la Iglesia; y abrir así un “camino” para tratar de deshacer la familia que Dios ha pensado para dar la felicidad en la tierra y en el cielo a sus criaturas, a sus hijos, los hombres.

Un conferenciante, promotor de encuentros con las organizaciones LGTBI, etc, en el recién concluido Encuentro de las Familias en Dublín se ha permitido acusar a la Iglesia de tratar como “leprosos” a personas con tendencias homosexuales. La Iglesia –y doy también mi testimonio personal- siempre ha respetado a todo tipo de personas, y siempre las ha acogido personalmente, una a una, y les ha animado a vivir como cristianos en sus concretas personales circunstancias. Que algunos eclesiásticos no lo hayan hecho en algunas situaciones, allá ellos; pero no se puede descargar sus malas acciones sobre toda la Iglesia.

La frase tan manoseada de “¿Quién soy yo para juzgar?”, se aplica a las personas en concreto y a su interior; pero la Iglesia siempre ha juzgado, y seguirá juzgando, los hechos, como hizo ya desde los comienzos el propio san Pablo, que ahora algunos pretenden ignorar: “No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni loas afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios”. (1 Cor 6, 9-11).

Y es un auténtico subterfugio decir: “yo es que tengo una personalidad borracha, una personalidad maldiciente, una personalidad sodomita…”. No, cada uno tiene su propia personalidad, y puede actuar libremente emborrachándose, sodomitizando, maldiciendo, etc, pero no existe ni la “persona borracha”, ni la “persona homosexual”, ni la “persona maldiciente”, etc.

El “clericalismo”, si acaso, puede explicar el ocultar algunos de estos crímenes, como los ha calificado el papa, pero no da razón de los hechos. La razón está en que algunos sacerdotes no han vivido la castidad a la que Ia Iglesia nos invita a todos, tengamos las tendencias que tengamos; y  han abusado de otros “homosexualmente”.

Los hechos que ahora se lamentan han ocurrido hace ya muchos años. Recemos todos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, para que en todas las diócesis del mundo sigan aplicando con firmeza, que en este caso es también caridad y misericordia, las reglas establecidas para la admisión de los candidatos al sacerdocio, y la Iglesia del futuro quedará libre de esta “suciedad”.

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