Opinión

Cántico a la Vida

Todo comenzó con una decisión de un matrimonio americano de abortar un hijo a quien habían diagnosticado el síndrome Down. Un sacerdote católico apenas se enteró de la decisión del matrimonio, habló con ellos, y les convenció de que no abortaran a la criatura, y lo dieran en adopción. Y así quedo el acuerdo: si el sacerdote encontraba alguna familia dispuesta a adoptar a la criatura, el embarazo llegaría a su final, y la criatura nacería viva.

El mensaje enviado en Facebook, urgía una rápida contestación; decía, entre otras cosas, que si en el plazo de un día no recibía ninguna respuesta, el niño moriría.

En menos de media hora, más de 100 familias se ofrecieron a adoptar a la criatura enferma, sin poner ninguna condición. Las solicitudes de adopción llegaron de Estados Unidos; y también de otros países como Holanda, Canadá y Puerto Rico. De varios rincones del mundo se alzaron voces –un cántico a la vida- en defensa de la vida del niño "condenado a morir por sus padres".

La respuesta no ha podido ser más inmediata y gozosa, y el sacerdote deja claramente constancia: "Ver que hay tantas familias que valoran a un niño que tiene síndrome Down como a cualquier otro niño, y que lo quieren criar como propio, es una llamada de atención para nuestra sociedad".

Al otro lado del Atlántico, la batalla para defender la vida del todavía no salido del vientre materno, porque nacer ya ha nacido, también si alguno ha sido diagnosticado síndrome Down, sigue en plena ebullición. Con gobiernos incapaces de mirar un poco más allá de sus intereses electorales inmediatos –que a la larga, y a la corta, se volverá contra ellos-, y acomplejados ideológicamente por el ambiente que ellos mismos se inventan, continúan respetando "leyes" que permiten el asesinato.

¿Tiene algún sentido usar la palabra "ley" para definir textos semejantes?

Las "leyes" que dejan libre el asesinato de personas indefensas, siguen en vigor; y mientras permanezcan, la gangrena de la corrupción continuará viva en todo el cuerpo social. Paños calientes no resuelven nada. Y al final, los gobiernos serán ellos mismo los "abortados".

Hace unos días Gador Joya intervino en un debate sobre la necesidad de anular la actual ley del aborto, y la diferencia con la otra parte era clara. Gador entonó un canto a la vida; un canto a la maternidad; un canto a la familia.

La otra parte apenas llegó a interpretar un penoso lamento al "derecho" de la mujer a usar su cuerpo como quisiera -¿defendería el "derecho" a cortarse una pierna, y venderla por una buena cantidad de dinero a un antropófago millonario que tuviera esos gustos?-, sin la mínima referencia a la gran misión del cuerpo femenino: la maternidad. ¿Hubiera tenido alguna palabra de defensa de su madre, si hubiera ejercido ese "derecho" en su momento? Obviamente, no, porque no viviría..

La batalla de la vida se hace dura en algunos países; pero sigue y seguirá. El "resto" vivo de la humanidad; el "resto" que ama la vida, que está embarazada de la vida, no desparece nunca, y acabará por fermentar toda la masa. Todo lo demás quedará estéril.

En un mensaje a los católicos de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, con motivo de la Jornada anual por la vida, el Papa Francisco les dijo: "Todos nosotros debemos cuidar la vida y protegerla, con ternura, con calor,...Dar la vida es abrir nuestro corazón y cuidar la vida es entregar con ternura y calor a los demás, preocuparse por los demás. Cuidar la vida desde el principio hasta el final (...) para que todos puedan llegar a reconocer el valor inestimable de cada vida humana. Incluso los más débiles y vulnerables, los enfermos, los ancianos, los no nacidos y los pobres, son obras maestras de la de la creación de Dios, hechos a su imagen, destinados a vivir para siempre, y merecedores de la máxima reverencia y respeto".

Cántico a la vida: la sonrisa de un Down, el llanto que clama por el pecho materno; el silencio del sueño de una niña acogida al calor de los brazos de la madre.

Cántico a la vida, cántico agradecido y amoroso a nuestras madres, a la Madre.

Ernesto Juliá Díaz[email protected]

 
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