Opinión

Alegría en la Iglesia de Dios

Hasta ahora, en el rito de acogida de los bautizandos, los sacerdotes decíamos estas palabras: "Pedro, Alejandra, ...la comunidad cristiana os recibe con gran alegría. Yo, en su nombre os signo con la señal de Cristo Salvador. Y vosotros, padres y padrinos, haced también sobre ellos la señal de la Cruz".

A partir de ahora, cuando la familia, o familias, presenten a sus hijos a la entrada de a Iglesia, el sacerdote les dirá: "Pedro, Alejandra,..., la Iglesia de Dios os recibe con gran alegría". Y les hará la señal de la cruz en la frente en nombre de Cristo, Dios Hijo, que fundó la Iglesia.

Con un decreto de fecha 22 de febrero del 2013, o sea, unos días antes de la renuncia de Benedicto XVI, y que ha entrado en vigor a partir del 31 de marzo, siendo ya Francisco Papa, la Santa Sede nos transmite el cambio: no se dirá más "comunidad cristiana"; se dirá "Iglesia de Dios".

¿Una simple variación de palabras? ¿Una visión nueva de las cosas? No. Una luz nueva que descubre con más claridad el misterio de Dios y de su Iglesia.

Todos los últimos Papas han insistido en la necesidad de que el pueblo cristiano renueve la Fe en Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, y en los Sacramentos, en los que Cristo sigue actuando personalmente en cada ser humano que se acerca a Él. Y, lógicamente, en la Iglesia, Cristo actúa en la historia, con los sacramentos.

Y el primer sacramento, la puerta del vivir con Cristo y en Cristo, es precisamente el Bautismo. Un sacramento muy fácil de ser celebrado banalmente, ligeramente, como un simple acto de inscripción en la parroquia, un requisito para formar parate de la "comunidad parroquial"; como si la parroquia fuera solamente una especie de registro civil para creyentes.

"La Iglesia no es una asociación asistencial, cultural o política, sino que es un cuerpo viviente, que camina y actúa en la historia. Y este cuerpo tiene una cabeza, Jesús, que lo guía, lo nutre, lo sostiene(...) permanezcamos unidos a Jesús, fijémonos en Él orientemos nuestra vida según su Evangelio, alimentémonos con la oración diaria, la escucha de la Palabra de Dios, la participación en los sacramentos".

Las palabras del Papa Francisco son claras. Y el cambio en el texto del ritual del Bautismo, también: nos recuerdan a los cristianos que la Iglesia es "cuerpo viviente": Dios con el hombre; el hombre con Dios. Y en la Iglesia estamos unidos en su cabeza, en Jesucristo, a todos los demás que creen en la divinidad y humanidad de Cristo; en la divinidad y humanidad de la Iglesia.

El bautizado es recibido en la Iglesia de Dios, en la familia de Dios. En el Templo del Espíritu Santo. Se convierte en una piedra viva de la Iglesia. El nacimiento de una nueva criatura -sea quien sea, nazca como nazca- es bien recibido, con alegría, por el padre y la madre que tienen la cabeza, el corazón y el alma en su lugar.

La Iglesia de Dios, que no es solo una "comunidad" formada por hombres y mujeres, y por muchas comunidades, sino que tiene todo su sentido en ser Iglesia de Dios, acoge también con alegría y gozo el nacimiento de un nuevo "hijo de Dios en Cristo Jesús" en el Bautismo. El origen de la Iglesia está en el Cielo; no la hemos inventado ni construido, y mucho menos fundado, los hombres.

Y dentro de la "familia de Dios", del "pueblo de Dios", del "templo del Espíritu Santo", las familias de los creyentes tiene un puesto especialísimo. La mejor herencia que los padres pueden transmitir a sus hijos es su mayor riqueza: la Fe, el Bautismo, el que sus hijos sean también "hijos de Dios en Cristo Jesús".

Privar del Bautizo a un hijo para que él decida, libremente, "cuando sea mayor", es privarle de la mayor riqueza que se les puede transmitir: la de entrar en la Iglesia de Dios, en la Familia de Dios, en la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo. Y se les priva, pensando que Dios es enemigo del hombre y al darles la Fe les quita la libertad. Grave error; grave desconocimiento de Dios.

El mayor garante de nuestra libertad es Dios. Sólo los hombres podemos querer quitar, coartar, la libertad los unos a los otros. El Hijo de Dios muere en la Cruz para liberarnos del pecado, y devolvernos la libertad. Y en esa libertad, tenemos capacidad de amarle a Él, y de amar a todos sus hijos, los hombres.

En el próximo bautizo sonreiré a la criatura acogiéndolo con alegría en la "Iglesia de Dios".

Ernesto Juliá Díaz

[email protected]

 
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