Opinión

La nueva evangelización de los católicos

Excelente libro de Scott Hahn, converso americano. Me he servido de este libro para varias entradas acerca de la mujer en el primitivo cristianismo, pestes y cristianismo, etc.

Cierto que, sobre este tema, se está escribiendo mucho, continuamente y quería fijarme en un peligro que nos puede acechar a todos.

  1. Debemos estar prevenidos contra una mentalidad de “nosotros contra los demás, yo contra todos”. En nuestra cultura puede ser fácil, el vernos como un grupo cada vez más reducido de fieles, en un mundo secularizado y donde hemos de proclamar el evangelio. Ojo, nosotros somos “los demás”; tenemos el don de la Fe, confesamos, comulgamos, pero somos pecadores y nuestra Fe es muy corta.
  2. Esto requiere que nosotros nos dejemos evangelizar; con la ayuda de Dios podemos creer más, amar más, esperar. Es preciso dejarnos evangelizar y no caer en una cierta soberbia espiritual, sobre los otros. Somos ovejas y Él es el Señor. Cada uno según su responsabilidad; en este sentido es necesario un episcopado y un clero bien formado y comprometido en la fidelidad y la unidad de la Fe y de la Moral.
  3. En definitiva, el Señor nos llama a ser fieles, no a triunfar. El sembrador siembra a voleo. Dios es el que cosecha.

No estamos libres de la tentación de buscar el éxito, de sacar rentabilidad a nuestros esfuerzos; enredarnos en números, mercantilismo espiritual. El mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, para nosotros es fuerza de Dios.  Siendo Cardenal el Papa Ratzinger escribía sobre Jesús: murió casi abandonado, fue condenado por su predicación… Dado este final hemos de reconocer que el éxito no es uno de los nombres de Dios y que no es cristiano codiciar el éxito público y el número; los caminos de Dios son otros: su éxito tiene lugar a través de la cruz.

En el camino que lleva al cielo, la puerta es estrecha y son pocos los que la encuentran; justo lo contrario de lo que comparten muchos católicos activos o no, y nuestra cultura moderna.

Estamos en noviembre, una gran oportunidad de rezar mucho por los difuntos. Y plantearse la seriedad de esta vida que es un don de Dios. Como dice el catecismo en su número 1020:

1020. El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad:

«Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos [...] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos [...] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos, 146-147).









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