Opinión

Última hora en Jerusalén

La última Cena. Óleo de Juan de Juanes.
photo_camera La última Cena. Óleo de Juan de Juanes.

Recojo una propuesta de José Francisco Serrano Oceja en una tribuna publicada hace unas semanas, cuando se preguntaba si no convendría hablar más de Dios en España hoy, también por parte de la Iglesia: “Y cuando digo hablar también digo testimoniar, incluso informar. Alguien podría decir que no puede pensar en Dios porque está sin noticias de Dios” escribió acertadamente, como acostumbra.

La Iglesia se enfrenta, si quiere ayudar al hombre contemporáneo, a la urgencia de anunciar el kerygma. Esto está relacionado con recuperar la instrucción sobre la doctrina del cielo, el infierno y el purgatorio, que parece vetada cuando resulta clara en el Catecismo (será que de sus enseñanzas se coge sólo lo que gusta o interesa…) Pero hoy no es día de enfadarse, sino de llevar a primera plana la exclusiva eterna que se actualiza cada Pascua: Jesucristo ha resucitado. Es el acontecimiento que proporciona sentido a la vida y a la muerte: Venimos del Amor y volvemos a Él.

Escribo estas líneas desde Jerusalén, un regalo más aún en tiempos de pandemias y guerras. Aquí encontró lugar y Madre donde hacerse carne el Verbo (Dios es el que elige siempre). Y lo hizo para una misión: “Dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37).

Esta generación necesita la verdad, más aún que las vacunas y los ejércitos. Y los cristianos no podemos esconderla, desentendidos de una humanidad sufriente no sólo por hechos coyunturales como el coronavirus (que no cesa, aunque no sea ya noticia) o por la guerra en Ucrania (y en otros países que no aparecen en las portadas de los periódicos) sino, sobre todo, por estar inmersa en una profunda noche.

¿Qué verdad compartir, pues? La Pascua: que la vida es pasar de este mundo al Padre. Y que la única vía para dar este paso es amar hasta el extremo (al amigo y también al enemigo). Un amor que se expresa en las obras y que es la única posibilidad real de vencer el mal a fuerza de bien.

Tuve conocimiento hace unos días de una noticia que da testimonio de esto: más de 6.000 sacerdotes y religiosas se han quedado en Ucrania para dar refugio, sustento e impartir los sacramentos a quienes están sufriendo el infierno de la guerra. La Iglesia vuelve a ser en esa tierra el embrión que se gestó un jueves, hace dos mil años, en esta otra tierra, concretamente en el cenáculo donde Jesucristo instituyó la Eucaristía y el ministerio sacerdotal y celebró el amor fraterno antes de padecer la oscuridad de la traición, de la angustia y de la muerte. Precisamente porque se reviven horas negras en tantos lugares y hogares, la Iglesia no puede dejar de ser este cenáculo.

Aprovechando estas líneas te mando saludos, Paco. También a María José Pou… En fin. Qué extraña ha resultado la columna. Y qué arriesgada la licencia tomada para hacer un híbrido entre noticia, crónica y opinión ante dos profesores en Ciencias de la Información, vaya que sí… Pero bueno, me disculpan, al menos, las fuentes consultadas, que son absolutamente rigurosas. ¡Vosotros bien las conocéis!

 

Doctora en Ciencias de la Información.

Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia

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