El sínodo más femenino

Los participantes en la asamblea del Sínodo de los Obispos se reúnen en el Aula de Audiencias Pablo VI del Vaticano antes de la primera sesión de trabajo de la asamblea del Sínodo de los Obispos el 4 de octubre de 2023. (Foto CNS/Lola Gomez)
Los participantes en la asamblea del Sínodo de los Obispos se reúnen en el Aula de Audiencias Pablo VI del Vaticano antes de la primera sesión de trabajo de la asamblea del Sínodo de los Obispos el 4 de octubre de 2023. (Foto CNS/Lola Gomez)

Distintos medios de comunicación llevan a titular estos días que estamos ante el sínodo de obispos “más femenino de la historia”, que está “marcado por las mujeres”, pues por primera vez tienen voto en dicha asamblea, tradicionalmente masculina. El enfoque de estas noticias no me convence.  

Está bien que haya una participación femenina, evidentemente. No tiene sentido sofocar la voz de la mujer en la Iglesia ni en ninguna otra realidad; es estúpido siquiera pensarlo. Pero subrayarlo (no el hecho en sí, son dos cosas distintas) tiene algo de concesión a la galería. Claro que somos igualmente capaces los hombres y las mujeres, pero si se celebra un congreso sobre neurología y los mejores especialistas del mundo son mujeres, se invita a esas mujeres. Y si son hombres, a esos hombres. Invocar a la paridad para reivindicar el genio femenino resulta bastante absurdo.

También lo es la discriminación positiva, que no deja de ser lo que es: una discriminación. Pero cuando nos acostumbramos a repetir los clichés de lo políticamente correcto, convertimos en paradigma sus propuestas por encima de la racionalidad.  

Por otro lado, inclinarle a uno a creer que, por tener protagonismo (los hombres o las mujeres) se van a solventar las dificultades, es una ingenuidad. Hay gente que piensa que la solución a los problemas radica en ocupar la primera línea, cuando muchas veces quien la encuentra es el que permanece en segunda fila, precisamente porque amortigua los conflictos de quienes están el candelero.

Así, en el caso del sínodo, que se reúnan obispos y sacerdotes, religiosos y laicos, hombres y mujeres, siendo interesante, enriquecedor, adecuado… no es lo más importante. Lo relevante es que unos dispongan y otros cedan. Que unos hablen y otros recen en silencio. Que unos dirijan y otros obedezcan. En esto consiste la comunión (esto es, el amor bien entendido) que trasciende y supera cualquier otra dinámica.  

En algunas de estas noticias también se cuela la reivindicación de que la mujer sea tenida en cuenta en la institución. Un reclamo justo, pero que, cuando se contagia del discurso del igualitarismo (que no es lo mismo que la igualdad de oportunidades, tan necesaria para el sostenimiento de una sociedad sana) se plantea desenfocado. ¿Por qué los hombres deben hacer todo lo que hacen las mujeres o las mujeres todo lo que hacen los hombres? De lo que se trata es de respetar las singularidades de cada uno y de complementarse gracias a ellas.

Jesucristo escogió a doce varones y a ellos confió la evangelización. No obstante, la primera que tuvo noticias de la resurrección fue una mujer, María Magdalena, a quien la Iglesia llama apóstol de los apóstoles. Dudo que esto pueda traducirse en una delimitación competencial o en estructuras de poder.  

La consideración de la mujer muchas veces se entiende de una manera unidireccional y debiera plantearse con miras más altas. Juan Pablo II, en Mulieris Dignitatem, lanzó la siguiente perla: «Dios confía el ser humano a la mujer». Su intuición implica reconocer que el hombre existencialmente está en sus manos, bajo su custodia. No se trata de un hecho biológico, de que la mujer es quien concibe (entre otras razones, porque hay mujeres que no son madres), sino de que psicológica, biográfica e históricamente el hombre es educado por la mujer. Mayor reconocimiento, la verdad, no se me ocurre. 

Carola Minguet Civera

 

Universidad Católica de Valencia 

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