Opinión

El síndrome de inhalación de humo

El P. Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en la homilía de la celebración de la Pasión del Señor.
photo_camera El P. Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en la homilía de la celebración de la Pasión del Señor.

Las acusaciones de pederastia por parte del clero católico que están ocupando los titulares de no pocos medios de comunicación estos días emanan una nube de humo. Si bien existen casos incontestables de este delito gravísimo en la Iglesia, no están probadas todas las denuncias ni las responsabilidades que circulan; la cobertura informativa, por tanto -a la espera de la aprobación de la comisión parlamentaria de investigación y de la emisión de sus informes- desprende una combustión desproporcionada.  

El problema es que inhalar ciertas partículas y gases nocivos provoca insuficiencia respiratoria, incluso asfixia, y van sumándose damnificados a las primeras y más importantes víctimas, que son quienes han sufrido las vejaciones: la Conferencia Episcopal Española, acusada por remisa y errática, sin derecho a la presunción de inocencia; tantos fieles erosionados en su fe, así como el conjunto de la opinión pública, al albor de titulares inquietantes que vaticinan un escándalo en España sin saber aún su magnitud. Porque una cosa no quita la otra: las cifras no restan gravedad a este asunto, pero sí facilitan situarlo y contextualizarlo. 

¿Cómo se puede ayudar, por tanto, a evitar esta reacción en cadena? Una medida es el rigor informativo pues, si bien la perversión de los abusos a menores justifica la atención mediática, el periodismo queda desacreditado con el ensañamiento, la amplificación y los datos no suficientemente contrastados.

Durante la Semana Santa de 2010, el entonces predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, se refirió a los abusos destapados con una incómoda equiparación, aludiendo a la carta de un judío anónimo que afirmaba lo siguiente: “El uso del estereotipo, el pasaje desde la responsabilidad particular hasta la culpa colectiva, me recuerdan los aspectos más vergonzosos del antisemitismo”. En una entrevista posterior, el fraile capuchino aclaró: “Mi amigo no se refería a la Shoah. Entendía, y me parece que lo dice claramente, que las dos situaciones son afines por el uso del estereotipo y por el paso simplón de la culpa individual a la colectiva. El antisemitismo como cultura, no como persecución. No es ni él solo, ni el primero, en decir que vivimos en una época de difuso anticristianismo en nuestra sociedad occidental” (El País, 5 de abril de 2010). 

Atendiendo a algunas de las noticias ofrecidas para abordar la pedofilia en la Iglesia en España -como antes en otros países de Europa y América- se descubre dicho riesgo.  

En este oprobio, la Iglesia tiene todavía mucho que reparar, aclarar y sanear, siguiendo la rotunda línea introducida por Benedicto XVI y continuada por su sucesor: actuar con prontitud y contundencia a la hora de atender a las víctimas y colaborar en los procedimientos jurídicos sin ambages. Pero no corresponde a los medios de comunicación marcar la hoja de ruta, sino ser transmisores diligentes del hecho informativo. La verdad no está reñida con la prudencia, más bien al contrario: se buscan y se necesitan. 

Allí donde este horrendo crimen haya acaecido es de justicia actuar, pero situando los planos: las comisiones, investigando; los juristas, procediendo con todo el peso de la justicia; la Iglesia, facilitando ambos procesos, acompañando a las víctimas y velando por la fe del pueblo católico… Y los periodistas, informando verazmente a la opinión pública, preservándola –no propiciando- del síndrome de inhalación de humo.

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