Opinión

¿Se puede hablar de memoria democrática?

Juan Pablo II rezando en la Colina de las Cruces (Lituania) el 7-IX-1993.
photo_camera Juan Pablo II rezando en la Colina de las Cruces (Lituania) el 7-IX-1993.

Mientras la Ley de Memoria Democrática da sus últimos pasos parlamentarios, la primera pregunta que me surge es sobre el propio concepto invocado: ¿Se puede hablar de memoria democrática?

La memoria, en esta iniciativa, quiere referirse a la historia, y la historia consiste en estudiar y exponer, de acuerdo con determinados principios y métodos, los hechos que pertenecen al tiempo pasado. Por su parte, la democracia puede ser entendida, al menos, de dos modos. Uno adecuado es reconocerla como un sistema de elección entre otros; otro, desacertado, implica asumirla como fundamento de la verdad, cuando la verdad -en este caso del curso de los acontecimientos- no depende de lo que acuerde una mayoría. Pretender que lo que fue no haya sido a mano alzada no tiene sentido.

¿Y qué relación hay entre la historia y la memoria? ¿Hay una memoria histórica? Esta idea resulta también ambigua, en la medida en que admite varias lecturas. 

En una interpretación, la memoria se opondría a la historia, al implicar una subjetivización del conocimiento, lo que entraña el riesgo de teñirlo de manipulaciones que nos sacan del mismo cauce de la historia. Sin embargo, desde otro punto de vista, es cierto que el hombre tiene la capacidad de reflexionar sobre lo que ha vivido, de describirlo. Una capacidad análoga tiene cada familia humana, así como las sociedades y, en particular, las naciones. Por eso la memoria es necesaria para la historiografía.

Parece, por tanto, que esta disyuntiva se juega en la capacidad de objetivar los hechos y los acontecimientos para conocer la historia. Sin embargo, hay otro elemento sorprendente para procurar un conocimiento mayor: la poética. Ojo, que se trata de una observación aristotélica que hay que entender bien… 

Según este filósofo, el historiador y el poeta no difieren por el hecho de escribir sus narraciones uno en verso y el otro en prosa, sino porque uno cuenta los sucesos que realmente han acaecido (procurando salir de toda suerte de solipsismo, y, sobre todo, de partidismos) y el otro procura que la realidad histórica sea, además, iluminada, comprendida y conocida en la búsqueda de la verdad. De hecho, es curioso que, siglos después -y años antes de publicar Memoria e identidad- preguntándose Juan Pablo II sobre estas cuestiones, escribió precisamente un poema titulado «Pensando la patria». Creo que vale la pena citar algún fragmento (perdón por su extensión y por cambiar el formato por razones de maquetación):

¡La libertad hay que conquistarla permanentemente, no basta con poseerla! // Llega como un don, se conserva con ardua lucha. // El don y la lucha están escritos en páginas ocultas y, sin embargo, evidentes // Pagas por la libertad con todo tu ser, llama entonces libertad a eso, // a lo que, pagando, puedes poseer siempre de nuevo. // Con este pago entramos en la historia, recorremos todas sus épocas. // [...]

La historia cubre las batallas de la conciencia // con un manto de acontecimientos // un manto tejido de victorias y derrotas // no las encubre, las destaca [...]

Débil es el pueblo si acepta su derrota // olvidando que fue llamado a velar // hasta que llegue su hora. // Y las horas vuelven siempre en la órbita de la historia. // He aquí la liturgia de los hechos. // Velar es la palabra del Señor y la del Pueblo, // que hemos de aceptar siempre de nuevo. // Las horas son salmodia de conversiones incesantes. // Vamos a participar en la Eucaristía de los mundos.

Y concluía:

¡Tierra que siempre serás parte de nuestro tiempo! // Alentados por una nueva esperanza, // iremos a través del tiempo hacia una tierra nueva. // Y a ti, tierra antigua, te llevaremos como fruto del amor de las generaciones que superó el odio.

Al final, lo que importa es reconocer que la historia de cada hombre y, a través de él, la de todos los pueblos, tiene una peculiar connotación escatológica, aunque serán los hombres y no las naciones quienes se presentarán ante el juicio de Dios. Así pues, apremia que nuestra historia sea fielmente recogida y estudiada, pero, sobre todo, que cada cual se preocupe de conocerla y tomar parte, superando odios que amenazan con reavivarse.

Doctora en Ciencias de la Información

Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia

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