Opinión

¿Pasar de curso se vota?

Clase de religión.
photo_camera Colegio.

Tras la plaga de la enseñanza tecnológica (aún no sé cómo se puede estudiar Matemáticas en una tablet o aprender castellano sin escribirlo), de la marginación de las humanidades (que multiplica los analfabetos funcionales y manipulables) y del acoso a la libre elección de los padres a escoger el centro escolar (unido a la dictadura de imponer a sus hijos un adoctrinamiento afectivo y sexual), llega un nuevo episodio en el serial de destrucción de la educación en España: un sistema de promoción de curso, inspirado por la Ley Celaá, que pretende instalarse este mismo año. No es tan grave como la desaparición de la Filosofía y de la enseñanza cronológica de la Historia (merece artículo aparte este hito), pero tiene su miga. 

Este método implica la votación entre profesores para decidir qué alumno es merecedor de pasar o no de curso. Si bien dicho procedimiento ya se aplicaba en algunos casos excepcionales, la nueva normativa convertiría la mano alzada en una tónica habitual, sobre todo, entre 1º y 3º de la ESO, al afectar a la hora de decidir qué alumno recibe o no el título de Secundaria, llave de acceso para cursar el Bachillerato o una Formación Profesional.  

Además, la propuesta lleva aparejada otra oferta: suprimir las calificaciones numéricas en la ESO -como ya se hizo en Primaria- así como las menciones honoríficas y las matrículas de honor. Así consta en la última versión del proyecto de real decreto de currículo al que ha tenido acceso el diario El Mundo.  

Lo penoso de estas medidas no es que impliquen un nuevo descenso del nivel, que avalen la falta de exigencia, esfuerzo y disciplina (quitar al acto educativo estas cuestiones es un contrasentido). Lo irritante es que irradian una mezcla de los tópicos más falseados de nuestra época (justicia, igualdad, tolerancia...) Concretamente, las votaciones traducen una confianza ciega en el método democrático, cuando la democracia es una manera, entre otras, de conocer la opinión de muchos que, además, se ha demostrado falible. Más aún, entenderla como el fundamento de la verdad (la verdad como el consenso entre una mayoría) ha generado una cantidad de problemas enorme. Hoy vivimos en una absoluta idolatría hacia la democracia, cuando tantas veces trasluce una búsqueda de la autonomía frente a la ley natural. Nunca puede primar lo que la mayoría ha votado sobre lo que Dios ha revelado. En este sentido, la democracia tiene algo de rebelión contra la verdad y su fundamentación objetiva.  

Así, volviendo al tema educativo, el problema no es tanto el modo en que se ha ideado la promoción de los alumnos (hay muchas formas de recabar la opinión de los docentes). Tampoco radica en si es conveniente valorar la aptitud de los alumnos más allá de las calificaciones (ciertamente, los niños y los jóvenes no pueden ser “medidos” por sus notas; tantas veces los boletines les llevan a dudar sobre su valor como personas). El problema real es creer que la democracia, el voto, la opinión… Establece la verdad de las cosas.   

En definitiva, el inconveniente de estas mociones, en el fondo, no es tanto que dificultan transmitir a las nuevas generaciones criterios válidos y ciertos (reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida, interés por el conocimiento, aprender a enfrentarse a los desafíos…), como que introducen en la escuela la duda sobre el significado mismo de la verdad. “Cuando vacilan los cimientos y fallan las certezas esenciales –cito a Benedicto XVI- la necesidad de esos valores vuelve a sentirse de modo urgente”. Fue profético en sus palabras: cada día aumenta la exigencia de una educación que sea verdaderamente tal.  

 

Carola Minguet Civera

Doctora en Ciencias de la Información

Responsable de Comunicación de la UCV

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