Opinión

Ley Trans: legislar si no te gusta el hombre

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Se habla estos días de la Ley Trans, cuyos redactores han obviado a la comunidad científica y desatendido al Consejo de Estado y al Consejo General del Poder Judicial, que alertan del riesgo de secundar decisiones «precipitadas» y «no asentadas» de adolescentes que puedan determinar el resto de su vida.

Y es que el texto actual permite a un joven de 14 años acudir al Registro Civil para cambiar su sexo por el otro con el que «se siente» identificado sin aval médico ni jurídico. Igualmente, hay quien llama la atención sobre el uso del lenguaje que manejan sus diseñadores y que elimina a la mujer. Por si algún lector no lo sabe, en caso de ser aprobada ya no existirá la viuda, sino la cónyuge supérsite gestante, un vocablo jurídico que define el carácter hereditario que se le atribuye al consorte que sobrevive; por otra parte, entra en circulación la progenitora gestante para sustituir a la madre embarazada.  

Así pues, se trata de una ley que atenta contra la infancia, la mujer, la salud pública y cuyo aparente progresismo encierra un propósito claro de dinamitar los vínculos familiares. También quiere aprobarse rápido, sin luz ni taquígrafos, para que no haya debate social. Nada nuevo bajo el sol. Tampoco resulta original que se trate de justificar, como las precedentes, bajo el tópico humanitarista, con una envolvente sentimental, cuando no existe tal propósito. Como reconoció Chesterton, muchos políticos no legislan porque les gusta el hombre, sino precisamente porque no les gusta. Y si no les gusta el hombre, tampoco la humanidad.   

Si bien es una afirmación controvertida, cuando entras en la lógica del británico tiene sentido. Ha sido prácticamente común a todos los padres y madres defender la vida que se gesta; también recibir con horror la invitación a matar a los familiares mayores o enfermos. Compartida entre la mayoría ha resultado la necesidad de expresar y transmitir las convicciones en sus casas y confiar en que no sean adulteradas en los centros educativos. Igualmente, es incuestionable que las civilizaciones, a lo largo de los siglos, han manifestado la necesidad de conocer su pasado para transmitirlo a las siguientes generaciones, por eso existe la historia. Es tan de cajón como admitir que a todos nos gustan las historias de amor, sobre todo a los jóvenes; basta navegar por el arte y la literatura. Pues estos parlamentarios, a la vista de las resoluciones sobre el aborto, la eutanasia y de las sucesivas intromisiones en la educación (reglada y sexual) parecen despreciar estas disposiciones naturales en el común de los mortales. Si es así, insisto, no les gusta el hombre ni lo que ha sido la humanidad hasta la fecha.   

La misma desafección se descubre en la Ley Trans, con el añadido de que los ideólogos comprometidos con esta propuesta están empeñados en la «autodeterminación de género». Esto significa que basta con la propia declaración para decidir si uno es hombre o mujer. Si una persona es un ser indefinido e indefinible, no se puede defender. Lo que no se ama, no se conoce; lo que no se conoce, no se define. Negando la naturaleza, no se puede estar más alejado del ser humano al que dicen abanderar.  

Aquí radica la manipulación. Esta propuesta no se promueve «en favor de todas las personas», sino de una ideología que se ha colado en la sociedad. El problema es que, cuando se impone a golpe de ley, es un tsunami que arrasa con el sentido común. Los precursores nos están repitiendo continuamente que debemos formular una moral más amplia y una sociedad más universal que abarque a todas las clases y condiciones de seres humanos. Pero la verdad es que ellos mismos son el principal obstáculo y la principal excepción para un acuerdo de este tipo.  

Hay algunas cuestiones en las que los supervivientes de los huracanes estamos prácticamente de acuerdo; pero, desgraciadamente, esas son las cosas que no reconocen los ideólogos disfrazados de humanitaristas. Lo señalaba Chesterton hace más de un siglo… Existe afinidad entre los hombres, con la excepción de estos apóstoles de la afinidad. 

Carola Minguet Civera.

Universidad Católica de Valencia.

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