Opinión

Una ley para imponer a los jóvenes la inmadurez

Niños jugando descubriendo la naturaleza.
photo_camera Niños jugando descubriendo la naturaleza.

Entre los puntos clave de la ley del aborto a la carta está la educación sexual obligatoria en todas las etapas escolares. La justificación ofrecida por el Ministerio de Igualdad es “asegurar un derecho de los niños y niñas y de los adolescentes, que es el acceso a una educación sexual integral”, pero no resulta creíble. El adoctrinamiento no educa a los niños, sino que los atrapa en una telaraña de impresiones confusas y contradictorias. Tampoco el enfoque puede ser integral, pues los ideólogos no tienen la capacidad de enjuiciar la realidad desde una perspectiva que la explique de modo coherente. Plantear la educación sólo desde las emociones o los afectos -cuando por emociones o afectos desordenados se puede maltratar, incluso matar- es contrario a la pedagogía; por otro lado, afrontar la sexualidad como un intercambio de cuerpos o una sucesión de prácticas que la voluntad no registra es falsearla. 

Llama la atención ver reunidas en un mismo texto ambas premisas, una coincidencia (o no) macabra en la medida en que trasluce una aniquilación de la infancia, bien físicamente con el aborto, bien robando a los niños su inocencia con una educación sexual que no es tal. Este segundo aspecto no despierta las mismas contestaciones que el primero porque la sociedad ha claudicado ante la llamada “adolescencia adelantada”, tan extendida como inquietante. Se acepta sin tapujos que se desangre la infancia desde distintos frentes, también en la escuela, donde los padres consienten la ambigüedad manipulativa de sesiones “formativas” con la que se corrompe el corazón de los niños y que provocan, además, el efecto contrario al deseado, pues se les condena a la inmadurez. El mayor escollo que encuentra una persona en el camino hacia la madurez es la superación del egocentrismo y una educación sexual encerrada en uno mismo es una dificultad para el crecimiento, cuando no deriva en una patología (la prensa diaria está llena de ejemplos). Estos programas quieren convertir al niño en adulto con propuestas grotescas y no naturales para su edad (para ninguna edad) y, sin embargo, llegan a la adultez cada vez más infantilizados. Resulta paradójico: niños de ocho años consumen pornografía, los adolescentes aprenden a chapotear en sus hormonas y saben más sobre prácticas sexuales variadas que nuestros abuelos cuando se casaron, y a los treinta años aún son incapaces de comprometerse, conformándose con intercambios sexuales con desconocidos concertados por Apps.

“Imaginémonos que un corro de niños juega sobre la florida cumbre de una isla eminente: mientras haya un muro que cerque la cumbre, pueden entregarse a sus locos juegos y poblar el sitio de rumores. Supongamos ahora que el muro se derrumba, dejando a la vista los precipicios: los niños no caen necesariamente; pero cuando, poco después, venimos a buscarlos, los hallamos amontonados en el vértice de la isla cónica, mudos de horror. Ya no se les oye cantar”. Esa imagen de unos niños asomados a su abismo de angustia que retrató Cherterton en Ortodoxia se vislumbra en la nueva imposición legislativa que quiere colonizar la educación. Quizás una de las raíces es que sus promotores confunden la ignorancia (que se ha de superar) con la inocencia (que debe protegerse a lo largo de la vida). De hecho, se puede ser inocente e instruido, como también cínico e ignorante, porque el inocente se abre a la belleza mientras el cínico sospecha de ella. 

Si los jóvenes sospechan de la belleza no podrán entender ni vivir la sexualidad, que está llena de belleza, de bien y de verdad. ¿Por qué no encaminarles a la empresa alcanzable del amor y preservarles del precipicio? ¿Por qué no proponerlo en las escuelas? Porque si una persona no sabe amar, ¿qué sabe?

Dra. Carola Minguet Civera.

Universidad Católica de Valencia.

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