Opinión

Fiestas que nos hacen presente la muerte

Todos los Santos.
photo_camera Todos los Santos.

Las dos fiestas que celebramos esta semana (me refiero a Todos los Santos y los Fieles Difuntos, no al eclipse de Halloween) hacen presente de alguna manera el misterio de la muerte, que creo no está recogido en ningún currículum ni planificación tutorial de las escuelas, tampoco en las católicas. En los planes académicos aparece cómo ser ciudadano, cómo vivir la afectividad, cómo sensibilizar en la sostenibilidad… pero la muerte es un tabú.  Cuando surge este tema con los niños, se suele plantear que es mejor no hablarlo, tampoco recordarlo. Provoca un cierto escándalo.  

Me parece que esto es un problema porque si en los colegios los grandes temas de la vida -y, entre ellos, la muerte es uno- no son tocados ¿para qué sirve la escuela? Si el misterio de la muerte no se ilumina, la misma vida no se puede vivir bien. De hecho, evitarla provoca que hoy se siga percibiendo tal y como la conciben las mujeres del Evangelio que van a visitar a Jesucristo tras su crucifixión: como un sepulcro cerrado. Es algo totalmente hermético y, por lo tanto, oscuro. Sin salida. 

Sin embargo, la muerte no aparece en la Escritura como un lugar definitivo, sino como un sepulcro al que se entra, pero, como su puerta está abierta, se sale. Aquí radica la sorpresa de estas mujeres al encontrar la piedra movida: descubrir que no es un punto final, sino un punto de partida, un nuevo comienzo. Más aún, el sepulcro se convierte también en un lugar de anuncio: la muerte ya está habitada porque Alguien ha pasado por ella. Por eso un ángel les dice que no tengan miedo.  

¿Cómo acercarse, entonces, a este misterio? Incidiendo, al menos, en tres aspectos. El primero es el que acaba de señalarse: se trata de un paso de esta vida a la vida auténtica, lo que debe acompañarse de una instrucción para animar y prepararse para la misma. «Hay un sitio llamado cielo donde lo bueno inacabado aquí se completa; y donde las historias no escritas y las esperanzas no satisfechas se continúan. Puede que riamos juntos todavía», escribió Tolkien a su hijo Michael cuando este último estaba en la guerra. Precisamente, rezar por los difuntos, especialmente en estos días, da cuenta de esta continuidad, por así decirlo: ni ellos están solos ni nosotros nos quedamos solos. Este gesto (que también es gratitud y de perdón) se da “aquí” y se recibe “allí”. Y los mismo ocurre al contrario: los de “allí” interceden por los de “aquí”. Por eso el amor es más fuerte que la muerte.  

En segundo lugar, la Iglesia plantea la muerte como un proceso continuo porque la vida se pierde y se entrega desde que nacemos. Así, es el final natural de una realidad en la que se entra cada día por la enfermedad, el sufrimiento, por la misión. Creo que resulta apremiante recordar esto hoy, y no sólo por asumir con naturalidad la muerte, sino, como se decía antes, para vivir bien. Y es que el imaginario colectivo nos impone que tengamos existencias idílicas que mostrar en Instagram, cuando, paradójicamente, cada vez hay más neurosis y depresiones. La vida no va de stories

La muerte es también un lugar de descanso y salvación. ¡Menos mal que morimos! ¿Se imaginan esta vida terrena para siempre? Ahora bien, aunque el don que recibimos no está en nuestras manos, para alcanzar la vida eterna se debe colaborar porque somos libres; uno no es teletransportado. El problema es que, quizás por temor a perder fieles, hoy no se suele predicar esto en los colegios ni en las parroquias. Algo que no funciona porque cada vez hay menos católicos… Será que la verdad siempre atrae más que los apaños.

Carola Minguet Civera

Universidad Católica de Valencia

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