Opinión

Deconstruir el lenguaje

Irene Montero, ministra de Igualdad.
photo_camera Irene Montero, ministra de Igualdad.

La semana pasada me refería a la importancia del lenguaje como el medio natural en que los seres humanos razonamos, actuamos y nos movemos. De hecho, muchos de los filósofos del siglo XX dejaron de atender prioritariamente a las ideas para pasar a ocuparse de las palabras.

Vuelvo a este planteamiento tras haber escuchado la comparecencia en la que Irene Montero detalla, en su jerigonza particular, el anteproyecto de la ley trans: “El Día Internacional del Orgullo LGTBI (...) es siempre un momento de visibilización, de reivindicación, de apoyo mutuo, de construcción de comunidad para muchas personas que en muchos momentos de su vida han podido sentir que estaban solas, solos o soles”. La ministra de Igualdad reiteró, además, que siempre estará al lado de un lenguaje que les haga sentir que "existe un compromiso con ellos, ellas y elles".

Si el lenguaje es una vía de acceso al pensamiento, tenemos un problema más grave de lo que parece, y no porque el llamado lenguaje inclusivo consiga arraigar (algo que dudo porque implica distorsionar la lengua de forma artificiosa y ridícula), sino por los estamentos desde los cuales se maniobra.

La RAE ya se ha pronunciado al respecto: no va a modificar las normas gramaticales. Si alguna misión tiene este organismo es la de ser un notario de la lengua que está viva y la gente no habla ni escribe así, salvo en determinados foros donde toca hacer postureo. Ocurre, pues, como con la ideología que hay detrás: pocas personas la compran entera porque no es creíble, resulta irreal.

Sin embargo, su goteo resulta venenoso. Por un lado, porque es propio de los regímenes totalitarios, que han empezado siempre deformando conceptos (‘igualdad’, ‘libertad’, ‘fraternidad’), izando algunas palabras como bandera (en estos momentos, la que más ondea es ‘inclusión’), y desechando otras que se conocen como ‘palabras dragón’, las que deben merecer mayor rechazo (un ejemplo actual sería ‘tradición’). En segundo lugar, este lenguaje es pernicioso al ir dejando un poso que marea y confunde, sobre todo, cuando se impone a través de la política y la legislación (dos realidades que deberían configurar las mentalidades y los corazones hacia el bien común y no servir a determinadas tentaciones culturales que nos convierten en esclavos).

El pretendido lenguaje inclusivo comenzó proponiéndose como un conjunto de estrategias que tienen por objeto evitar el uso genérico del masculino gramatical por suponer una discriminación sexista, proyectando sobre la lengua castellana una batalla que es necesario plantear bien y, desde luego, en otros escenarios (no en los diccionarios, sino en políticas que faciliten la integración de la vida laboral en la familiar, en el acceso de la mujer a puestos de representación y responsabilidad, en educar a los jóvenes en el respeto a la dignidad e identidad femeninas…)

Ahora se ha dado un giro que evidencia que el verdadero interés de deconstruir el lenguaje no es vindicar un presunto progreso, unos presuntos derechos o un presunto humanismo, sino neutralizar los sexos para negar la naturaleza humana.

En definitiva, esta jerga extraña que da para tantos memes en Twitter lleva implícito, quizás, el mayor desafío de nuestra época: no despeñarse por el precipicio de la locura.

Doctora en Ciencias de la Información

Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia

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