Opinión

Sobre el concepto de barbarie

Ucranianos rezan en Murcia.
photo_camera Ucranianos rezan en Murcia.

El jueves 24 de febrero de 2022 Rusia entró en Ucrania formalmente y militarmente. Está por ver cómo evoluciona (es decir, cómo será de intensa, cruda y prolongada en el tiempo la intervención), pero la guerra ha comenzado. Hasta el jueves era una posibilidad con la que había que convivir. Hoy la situación es verdaderamente grave y hay incluso quien plantea que China puede aprovechar la coyuntura con determinadas amenazas a Taiwán, lo que desencadenaría acciones a una escala impensable. No obstante, cabe plantearse algunas cuestiones más allá de los posibles escenarios de esta situación trágica.  

En la obra Sobre el concepto de barbarie, Gilbert Keith Chesterton defendió que había guerras justas que tenían que librarse. Así, consideró que la Primera Guerra Mundial era un enfrentamiento entre civilizaciones y religiones para determinar el destino moral de la humanidad, una especie de Lepanto moderno, una cruzada en defensa de unos valores que estaban en cuestión. Al margen del nivel de acuerdo que se tenga con el autor británico, su postura puede arrojar luz en estas horas negras. ¿En qué sentido? En el de preguntarse si esta guerra lo es.  

Comentando esto con un amigo, me explicó los tres argumentos que hacen lícita la guerra según la tradición católica, enunciados por san Agustín y sintetizados por santo Tomás de Aquino: la autoridad del príncipe, la justa causa y que la intención sea recta, es decir, que se promueva el bien y se evite el mal. Los teólogos posteriores añadieron otras razones de interés: que sean violados los derechos de un Estado, que hayan sido agotados todos los medios para llegar a un acuerdo pacífico, que haya esperanza fundada de que la guerra mejorará la situación, la proporcionalidad de la respuesta…  

Teniendo en cuenta estos criterios y las circunstancias actuales, no podemos calificar al enfrentamiento actual de guerra justa. 

Entre los contrincantes -no todos ellos militarmente activos- encontramos, por un lado, a Estados Unidos, la OTAN, la Unión Europea y Ucrania. Por otro lado, Rusia y China. Entre los motivos, una amalgama de temas de seguridad, nacionalismo y equilibrios geopolíticos de poder.  Entre las consecuencias, las que trae toda guerra: la destrucción de la vida de los inocentes, huérfanos, pobreza, horror, rencor, odio... que ya han comenzado y van a dificultar resolver los problemas que la hayan provocado. 

Mi amigo se muestra crítico con Estados Unidos y su cultura vacía, agonizante y paganizante y sostiene que la guerra se habría evitado si la OTAN y EEUU no quisieran dominar militar, económica y moralmente el mundo. Lleva parte de razón. Pero tampoco se puede exonerar a Europa de su responsabilidad. Ucrania puede ser el preludio de un momento histórico en el que el mundo asiático (Rusia, en alianza con China) gane el pulso al mundo occidental, y si ocurre, cabe tomar nota de que los escrúpulos aparentes de nuestro mundo occidental (los derechos humanos, el orden internacional…) no han servido para defender la fortaleza. Un ejemplo: cuando cayó el Muro de Berlín hubiese sido una buena ocasión para rehacer una Europa sin este y oeste, pero Europa iba a los suyo… ¿Y qué es lo suyo? El dinero. Pasó el tren. Si hubiese sido más audaz, sería ahora una potencia con capacidad real de marcar el ritmo de la civilización. El problema es que los cálculos del bienestar - “cuantos menos jugamos, a más tocamos” - son incompatibles con un liderazgo moral.  

La Unión Europea es un proyecto diseñado por cristianos en su origen, pero cada vez más debilitado de convicciones hasta llegar a la barbarie de Macron, abanderado del aborto como un derecho fundamental (en Europa también vamos servidos de tiranos…) Quizás ha habido guerras en la historia en las que algunos hombres hayan dado la vida por defender la integridad de la civilización, como señala Chesterton.  Pero también hay guerras que se libran precisamente porque se ha perdido.  

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