Opinión

La campaña veraniega del Ministerio de Igualdad

Castillo de arena moderno.
photo_camera Castillo de arena moderno.

Escuchaba el otro día a un escritor argentino refiriéndose a la modernidad como un todo que uno debe comprar o rechazar; como los combos de McDonals: si no te gustan los aros de cebolla, no los comas, pero los tienes que pagar. Así, por ejemplo, aunque es una anomalía del sistema, el aborto viene incluido en el combo moderno; también el feminismo llamado radical… Constituye un complejo tejido donde unas opciones apoyan inevitablemente a las otras. 

Y es que el feminismo, en tanto que ideología, es a veces peligroso, otras, mentiroso, pero casi siempre ridículo. Tres condiciones que se traslucen en la última campaña que ha promovido el Ministerio de Igualdad para sensibilizar sobre la discriminación que algunas mujeres pueden sentir por razón de su apariencia física cuando están en bañador. Aparentemente, la intención de la iniciativa es correcta, pues el problema social de la dictadura de la imagen no está resuelto. Sin embargo, el proyecto no ha resultado acertado en su planteamiento (querer combatir el yugo que el heteropatriarcado impone a la mujer en la playa) ni en su argumentación (incluir a una mujer corpulenta, otra de color negro, una con el pelo teñido, otra cuya axila está sin depilar y una última con el pecho extirpado, cuando elegir si lucir canas o no usar cera nada tiene que ver con nacer negra, gruesa o sufrir un cáncer de mama). Tampoco el resultado ha sido el esperado, pues se han quejado algunas modelos de haber sido retratadas sin permiso o con sus fotos trucadas. 

Ciertamente, el caso es irrelevante y salvo por la torpeza del Photoshop (el Instituto de la Mujer ya se ha disculpado por ello) seguramente no hubiese trascendido. Sin embargo, trasluce una dinámica propia de los ideólogos, que es la manipulación para criticar los estereotipos, provocando el efecto contrario. Por otro lado, la defensa de la mujer no necesita campañas veraniegas cutres ni mantras cansinos como el que desprende el lema de la iniciativa, “El verano es nuestro”. Es evidente que somos libres, iguales en derechos, libertades y dignidad; que nadie puede usar nuestro cuerpo ni nuestra sexualidad. Pero ese “ser dueñas" no me convence… si la posesión se entiende como un dominio en términos de poder, como una lucha de clases trasnochada. Lo de las torres que defender y las torres que atacar tiene menos peso que los castillos que construimos en la playa. 

La dignidad de la mujer no es un poder conquistado (el poder así entendido puede ser ejercido tiránicamente, caprichosamente, insensatamente), sino un hecho natural. Es cierto que, en la medida en que hay mujeres que siguen atravesando horas difíciles e injustas, recordarla y reivindicarla tiene sentido, pero no así: manipulando la identidad y arrasando con esa natural complementariedad por la cual el hombre sirve a la mujer y la mujer sirve al hombre.  

El verano no es nuestro, es de todos. Por cierto, feliz verano. 

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