Opinión

Sobre arcas y diluvios

Niños fallecidos en el tiroteo de Texas. Fuentes: Redes Sociales.
photo_camera Niños fallecidos en el tiroteo de Texas. Fuentes: Redes Sociales.

El profesor Ángel Barahona lleva años investigando la violencia que se esconde en el corazón de los hombres, las causas que la desatan y cómo a través de los ritos sociales -que se repiten en todas las civilizaciones- conseguimos dominarla. Sin embargo, el tiroteo en la Escuela Primaria Robb de Texas hace pensar que este control no es tal. Resulta paradójico. Por un lado, la tragedia no es novedosa (es ya la enésima masacre de esta naturaleza en Estados Unidos). Por otra parte, el panorama se oscurece.

Para aterrizar esta paradoja, pongo en escena la profecía de la desgracia de Thierry Simonelli, referida en una tribuna de Barahona:

“Noé estaba cansado de escuchar a los profetas agoreros que anunciaban sin cesar una catástrofe que no acababa de llegar y que nadie se tomaba en serio. Vestido de saco y penitente aguantaba las burlas de los demás que le preguntaban una y otra vez cuándo sucedería la catástrofe. Su respuesta siempre era la misma: mañana. «Pasado mañana, el diluvio será cualquier cosa que habrá sido y cuando el diluvio habrá sido, todo aquello que es no habrá jamás existido. Cuando el diluvio se haya llevado todo lo que es, todo lo que habrá sido, será demasiado tarde para recordar, pues no habrá nadie que pueda hacerlo. Entonces, ya no habrá diferencia entre los muertos y aquellos que les lloran […dicho lo cual] Un carpintero golpeó a su puerta y le dijo: déjame ayudarte a construir el arca, para que lo que viene sea falso» (Thierry Simonelli, Günther Anders. De la désuétude de l’homme).

Este autor quiere motivar la toma de conciencia y la acción a fin de que la catástrofe no se produzca, pero el duelo por los 19 niños –de entre 7 y 10 años- y por sus 3 profesoras invierte el tiempo de esta parábola, a la vez que la hace creíble.

¿Masacres como la de Texas son inevitables?

Responder requeriría analizar distintos factores y agentes, pero hay una raíz común que apuntó Edith Stein: “Quien en una época vacilante tiene una actitud también vacilante, hace que el mal aumente y lo extiende más y más”.

Vacilante es reconocer un derecho en la posesión de armas, que en el fondo implica considerar que somos lobos los unos para los otros, como desarrolló Hobbes y sigue pesando en algunas concepciones del Estado moderno. Relacionado con ello está una cultura del miedo y de la muerte que se cobra adeptos que actúan de manera delirante y macabra. Vacilantes son también los centros educativos y muchos padres, que han renunciado a educar. La naturaleza humana no es corrupta, como sostuvo Lutero, sino que está debilitada, y la praxis pedagógica -principalmente en la familia- debe fortalecerla y orientarla.

Ojalá el diluvio que ha anegado Estados Unidos hubiese sido una predicción equivocada. Dudo que sea el último; aun así, tan certera es la voz del penitente como necesaria la actitud del carpintero: construyamos el arca para que lo que viene sea falso.

Doctora en Ciencias de la Información

Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia

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